Categoría: Reseñas

Reseñas librescas totalmente impresionistas y sin más rigor que mi gusto

Zorba o la decrepitud de un clásico

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¿Pero es que los clásicos envejecen? ¿No es el título un oxímoron en sí mismo? Como cuando ves El señor de los anillos o Bladerunner y sientes que aunque han envejecido, lo han hecho bien, es decir, ya son clásicos, no se ven tan viejos. No sé si se podría considerar Zorba el griego un clásico de la literatura contemporánea, pero sí se puede decir que es el personaje griego más famoso de la literatura del siglo pasado, para que no digan que de griegos sólo leemos a los antiguos y ahí nos quedamos. Yo tomé clases de griego moderno en la universidad, y una de mis mejores amigas es una helenófila obsesiva (si alguien quiere clases de griego moderno, escríbame), de modo que tenía más de un pretexto para leer la obra más famosa de Nikos Kazantzakis, pero sin duda no la mejor.

Hay dos lecturas (hay muchas, pero yo sólo me voy a enfocar en dos) que se le pueden hacer a esta novela: la simbólica, pues qué es la literatura sino la historia de un par de símbolos (Borges dixit o algo así) y la feminista. Sí, lo siento.



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Lo bueno

Pues caray, el estilo. Kazantzakis tiene las palabras exactas para transmitir uno de los sentimientos más cabronamente imposibles de transmitir mediante la literatura (especialmente en literatura, porque creo que la pintura y la música lo tienen menos complicado puesto que cuentan con la complicidad de los sentidos): la felicidad.

A quien aún no la haya leído y tampoco haya visto la película Zorba el griego (o Vida y andanzas de Alexis Zorba), le cuento: Es la historia un intelectual inglés de origen griego que regresa a Grecia a hacerse cargo de unos terrenos y minas de su padre en la isla de Creta. Llegando al país, conoce a Alexis Zorba, un campesino estridente y, como diríamos aquí, dicharachero, al que contrata como capataz de las obras. La novela plantea el contraste entre las personalidades de ambos hombres, uno introvertido, con la nariz metida en los libros y reflexionando siempre sobre cosas trascendentales como la vida y la inmortalidad del cangrejo, y el otro, Zorba, un carácter vital, que no sabe nada de letras ni profundidades, pero sabe todo de la vida, ama a las mujeres (así, en genérico) y toca el santuri, un instrumento musical mediante el cual traduce su amor a la vida.

Es, en realidad, uno de los grandes tópicos de la literatura, la dualidad y oposición entre lo dionisiaco y lo apolíneo, la eterna discusión entre el arte y la vida. A grandes rasgos ese es el tema que se desarrolla en Zorba.

No se puede despreciar el estilo de Kazantzakis, es limpio y elocuente, posee una pasión (que es muchas veces lo que busco en un libro, el fuego) que es difícil pasar sin que se te erice la piel.

Lo malo

Pues todo lo demás. Si bien los personajes masculinos, que son casi todos, resultan verosímiles y perfectamente construidos, los personajes femeninos carecen de profundidad y no pasan de ser una caricatura, vamos, que las mujeres en Zorba sólo pueden ser uno de los estereotipos: santas, musas, putas o brujas; es decir, no son personajes dinámicos, sino pasivos, estáticos, están ahí para que los varones interactúen, existen en función de ellos. A menudo, Zorba dice que a las mujeres hay que cortejarlas y amarlas porque para eso nacieron, hay que tenerles compasión y consentirlas porque si no, se deprimen, porque ellas viven para que les digan lo deseables que son y lo mucho que un hombre puede amarlas. Nada más les interesa a las mujeres.

Entiendo que juzgar una obra de hace medio siglo con los valores de esta época resulta una extrapolación que puede caer en la descontextualización, y que si abarcáramos todas nuestras lecturas en un análisis feminista, tendríamos que empezar por dejar de leer o vituperar a los griegos y todo lo que le sigue hasta hace unos cuantos años. No digo que dejemos de leer esas obras, sino que tengamos el ojo crítico. Como digo, no se puede descartar la calidad estilística de Kazantzakis, y el simbolismo entre lo apolíneo y lo dionisiaco me gusta mucho, pero el discurso narrativo de la condición humana es lamentable, es el reflejo, sí, de un hombre de esos tiempos, conservador, ortodoxo y esencialmente misógino (bueno, no Kazantzakis, a él no lo conocí, pero sí conozco a Zorba). Zorba el griego es la representación vívida de un hombre común y corriente, con sus ideas, sus pasiones y sus motivaciones, es un personaje de acción, es un personaje de esos que hacen cosas (no, por ejemplo, de aquellos a quienes les pasan cosas), en ese sentido es revitalizante, pero en los otros sentidos, sus pensamientos hacia todo lo que no sea eminentemente masculino resultan despreciables. Pero esa es sólo mi opinión. Si ustedes leyeron la novela, ¿qué les pareció?



Top 10: biografías literarias

Bueno, para esta entrada me voy a tomar la licencia de incluir no sólo a autores ocultos, sino algunos incluso consagrados y, digamos, bestsellers literarios (sí, de esos de Anagrama). Hice esta nota sobre biografías porque creo en una literatura de personajes, no de anécdotas. Parece una perogrullada, pero recordaba aquel artículo de Daniel Espartaco donde criticaba que en los talleres de cuento le enseñan a uno que este género se sustenta más en la anécdota que en el personaje (hace poco, una alumna de mi amiga Lola le dijo que «La dama del perrito» era, pese a ser de Chéjov, un cuento de anécdota. Lola la reprobó, claro está). No sé, yo creo que ambas son válidas, sin embargo, si hay opción, yo me voy siempre del lado del personaje.

Este post, pues, es sobre las biografías como relato, no como novelas; no es sobre un escritor biografiando a otro en un novelón que intenta sacar a la luz las cosas que el biografiado nunca escribió sobre sí mismo. Tampoco es sobre la interminable saga de Karl Ove Knausgård o sobre la trilogía biográfica de  Echenoz (Correr, Ravel y Relámpagos), que amo con devoción. Algunas de estos relatos-biografías son de personajes reales y otros, de ficción. Lo que me interesa, vaya, es la manera en que las personas, mediante el lenguaje de otro, se convierten en personajes, porque, he de decir, siempre he pensado que lo que le ocurre a una persona no importa —literariamente hablando, entiéndase—, lo importante es el personaje, a ese sí le pasan cosas, así su vida parezca anodina. Para mí, en eso reside una parte del genio, en poder hablar de uno mismo (en el caso de la autobiografía) haciendo ficción, porque consiste en escindirse y observarse desde afuera, sin juicios ni onanismo literario. La única diferencia entre un personaje real y uno de ficción, cuando está planteado adecuadamente, es que el primero tiene/tuvo un cuerpo físico. Suena tonto, ya sé, pero no lo es tanto si lo piensan. Dentro la página escrita no se diferencian en nada. Diré, por último, que creo que, a pesar de lo contradictorio que pueda sonar, una obra de ficción siempre tiene algo de autobiográfico, y lo mismo al revés, una autobiografía es necesariamente una obra de ficción. Lo pongo a debate de quien quiera. 🙂

Advertidos quedan, les dejo aquí mis libros favoritos de biografías literarias.

Vidas imaginarias, Marcel Schwob

  Es el libro de biografías por excelencia. La agudeza y la claridad, pero sobre todo, la sensibilidad de la prosa de Schwob logra arrojar una nueva luz sobre la vida de personajes tanto célebres y como olvidados en alguna línea de la historia, personajes que existieron, pero que, para fines literarios, pudieron haber nacido en la imaginación del escritor. Poetas, filósofos, putas, magos e incendiarios. Dice Borges que Schwob «inventó un método curioso. Los protagonistas son reales; los hechos pueden ser fabulosos y no pocas veces fantásticos. El sabor peculiar de esta obra está en ese vaivén.»

Mitologías de invierno, Pierre Michon

Doce cuentos a manera de biografías. Los tres primeros se agrupan en la sección «Tres prodigios en Irlanda», los restantes, en «Nueve pasajes del Causse».  Así, Michon divide geográficamente sus biografías, unas en Irlanda y otros al sur de Francia. Entre santas, guerreros enamorados de los libros y príncipes melancólicos, las Vidas de Michón transcurren en una tierra de la que hace mucho fuimos expulsados, la tierra de las grandes épicas, la de los conjuros y los fervores del Medievo, la de las grandes hazañas contadas con ese mot juste que todo narrador persigue desesperadamente.

Vidas minúsculas, de Pierre Michon

En este libro, Michon se arma una autobiografía que transcurre a través de las biografías de los personajes que lo rodearon en su infancia y más allá. Me cautiva el rigor de la prosa de Michon, que tanto si es en biografías breves como las de Mitologías de invierno, como en relatos más extensos, al grado de que lo han calificado de barroco (en el buen sentido, espero, si es que hay un buen sentido) combina la profusión de adjetivos y detalles con el dificilísimo ejercicio de decir lo necesario.

Los Karivan, de Miljenko Jergovich

Advierte Jergovich al inicio que, en el transcurrir del siglo y de las guerras, de los exilios y transtierros, el apellido Karivan pudo haberse convertido en algún otro. Como quiera, Los Karivan es un conjunto de cuentos que, en su unidad, son fragmentos de una saga familiar. Los personajes no siempre se conocieron entre sí, es obvio, puesto que los relatos abarcan un periodo de doscientos años, empezando desde que Bosnia estaba bajo el imperio turco. Pero tienen un rasgo primigenio y un tronco genealógico que los une, todos son descendientes de Iván el Negro. La virtud (involuntaria) de la obra de Jergovich es que se inserta en la historia de manera inevitable, pero hace de esa historiografía parte del acontecer de los personajes, no sólo un marco de referencia, pero tampoco una cualidad determinante. A pesar de lo trágico que pudiera parecer el destino de los Karivan, nunca abandona al lector la sensación de que, cada una de sus vidas está guiada por los principios más básicos de la libertad.

Los nuestros, de Serguéi Dovlátov

Hice ya una entrada sobre Dovlátov, que tiene un estilo y una ironía que me encantan y me hacen reír como si Pichi (mi perro manipulador) me estuviera haciendo cosquillas en los pies. En Los nuestros, Dovlátov, escritor ruso, desdobla brevemente las biografías e historias de los miembros de su familia. Desde su esposa hasta el perro, cada uno de los integrantes de esta familia pasan a trompicones por estas páginas. Y, hay que decirlo, no todos son personas decentes. Me parece un insulto cuando alguien dice que tal o cual obra es un reflejo de la realidad, de tal época o lugar o acontecimiento, porque creo que la literatura no refleja, sino que interpreta esas realidades. Así que diré que Los nuestros es una magnífica e irónica interpretación del horror estalinista, pero sin lágrimas ni azotes, que para eso tenemos otros tabicones igualmete deliciosos.

«Una breve semblanza de A. Darmólatov», de Danilo Kis

  Este no es un libro, sino uno de los relatos que se incluyen en Una tumba para Boris Davidovic, de Kis. Tengo una enorme deuda con este autor y en particular con otro libro suyo que se llama La enciclopedia de los muertos, cuyo relato principal, el que da título al libro, habla de una enciclopedia de la vida de todas las personas que no aparezcan en las otras enciclopedias, es decir, el relato de una obra que contiene todas las vidas del mundo. «Una breve semblanza de A. Darmólatov» habla del poeta maldito Darmólatov, y, de una manera bien borgiana, se aleja y se acerca a la vida de este hombre hasta descubrir los prodigiosos detalles y bocanadas de vida que hacen de una biografía quizás común y corriente un acontecimiento extraordinario.  

Historias Falsas, Gonçalo Tavares

La particularidad de Historias falsas es que, en cada una de ellas, Tavares nos cuenta una vida alternativa de personajes archiconocidos o de personajes cercanos a los archiconocidos, o simplemente otra versión de los célebres. Bajo la premisa de la brevedad, Tavares retrata a estos personajes en los actos más sustanciales de sus vidas, los mismos que, a partir de cierto punto, los llevaron a su perdición.

Mujeres preclaras, Bocaccio

Como ya hice una entrada sobre este libro, mejor les dejo el enlace aquí.

Inquisiciones/Otras inquisiciones, Borges

Este no es un libro precisamente de autobiografías (ni es uno, son dos), pero en este par se incluyen algunas que vale la pena leer. Pareciera que el tema de Borges está súper sobado y que ya todo mundo dijo lo que tenía que decir y cada quien decidió si lo ama o no. Alguna vez, en una tutoría un estudiado compañero que amaba el siglo XIX decía: Ya chole con Borges. Pero no, Borges es uno de esos padres a los que uno vuelve después del parricidio, es decir, cuando uno aprende que los mayores, después de todo, sí tenían razón. «Norah Lange», «Ascasubi», «Torres Villarroel», «Sir Thomas Browne», «Quevedo», «Nathaniel Hawthorne», uf. Más que biografías en el estricto sentido, Borges escribe semblanzas ensayístico-narrativas, si se me permite el esperpento. La adjetivación de Borges, la genialidad para encontrar el sustantivo imposible, y la sutileza para transmitir, mediante pequeños actos mínimos, la vida de un personaje en sus pequeños rasgos maravillosos es algo que sólo es imitable, y nos convierte a todos los lectores babeantes en epígonos.

Aquí tendría que ir el libro de biografías número 10

Pero he querido dejarlo en blanco para que alguno de ustedes, lectores, proponga un libro y enriquezcan mi biblioteca biográfica. Además, tengo un mar de trabajo y si no empiezo ya, voy a dormirme, de nuevo a las 2 de la mañana  y eso no es de Dios. Si ustedes tienen libros de biografías que amen, no sean díscolos (así decía mi tía para referirse a alguien mezquino, luego me enteré de que díscolo signigicaba difícil en griego, pero no me importó) y pasen la recomendación.

Ismaíl Kadaré y la épica kosovar

Hace algunos años todavía se hablaba de Kadaré. O igual era que mis amigos lo leían y yo creía que todos hablaban de él. Luego le dieron el Príncipe de Asturias de las letras en 2009 y, tras sospechar que lo más probable era que nunca le dieran el Nobel, dejó de sonar. Novelón tras novelón, Kadaré se fue quedando inmóvil y empolvado en los libreros de los articulistas y críticos literarios. A mí me parece que Kadaré es una de las grandes plumas que ha dado el siglo XX, y aunque parezca una afirmación genérica —pues escribo sobre escritores que me gustan porque no creo en la mala publicidad (sería raro que me animara a perder el tiempo en una reseña sobre un mal libro, a menos que fuera una verdadera abominación que mereciera compartirles mi implacable veneno)—, creo que el espectro que abarca la obra de Kadaré despliega relatos de envergadura legendaria y metafórica de alta manufactura mientras cuenta el transcurrir de los días cotidianos.

Resulta que parece que Kadaré es un escritor monotemático. Es decir, creo que todos lo somos en cierta medida, pero parece que Kadaré sólo escribe de Kosovo y el conflicto en los Balcanes. Dirían que sí, que obvio, que uno sólo puede escribir sobre lo que conoce, pero esa es otra discusión. La cuestión es que no, no es monotemático, o sí, pero el tema no es Kosovo. Hay una cuestión sobresaliente en los escritores de Europa del Este y de los Balcanes: la vena mitológica. Esto lo explica indirectamente Kadaré en un libro que se llama Expediente H., H. de Homero, léase. En este libro, un par de investigadores de la obra del gran poeta se adentran en las montañas de los Balcanes para descubrir cómo se creó esa titánica epopeya en la que se basa la civilización occidental. La teoría era que en las abandonadas montañas de los Balcanes, los aedos conservan aquella tradición de los cantos mediante los cuales se transmitió la obra homérica. La historia tiene como marco histórico, sí, la difícil relación entre los serbios y los albaneses a causa del conflicto en Kosovo, aunque la novela trata sobre todo de la supervivencia y el origen del arte y las consecuencias de la guerra entre pueblos hermanos que, en lugar de matarse, deberían aliarse para conservar el legado de la humanidad.

El palacio de los sueños es otra de las grandes novelas de Kadaré, y es la más cercana a Kafka (quisiera decir kafkiana, pero, a pesar de que sé que se entiende qué quiero decir con este adjetivo, me gustaría encontrarle primero una definición dentro de mi universo literario). Esta novela habla sobre la estructura de un régimen totalitario donde cualquier pensamiento, cualquier sueño, puede ser utilizado como excusa para el exterminio y la condena. El libro es una verdadera pesadilla, pasillos y pasillos cada vez más hundidos en las fauces de la tierra albergan las vidas de un sinnúmero de personajes cegados por la burocracia y la tiranía.

Hay muchas novelas que me gustan de Kadaré, pero creo que mis preferidas son de Tres cantos fúnebres por Kosovo El cortejo nupcial helado sobre la nieve, ambas un lamento por la guerra, no sólo la de los Balcanes, sino sobre las guerras que destrozan civilizaciones y aniquilan pueblos enteros por motivos tan irracionales como la intolerancia religiosa y las razas étnicas. Los Tres cantos fúnebres…son relatos a manera de parábolas, y El cortejo nupcial…es la historia de una doctora yugoslava que cura a heridos kosovare, y que sufre la brutal represión por parte del gobierno eslavo. Hay que decir que Kadaré critica fuertemente al gobierno yugoslavo, pero tampoco se guarda la crítica al régimen comunista de Enver Hoxa en Albania.

Y no le darán el Nobel a Kadaré porque, durante el régimen de Hoxa, Kadaré siguió publicando sus novelas haciéndole pequeños ajustes para no sufrir la censura, sin que esto desembocara, por supuesto, en obras panfletarias, pero acarreándole obvias críticas. El palacio de los sueños, por ejemplo, se publicó durante este periodo y después, cuando Kadaré se exilió en París, la reeditó.

En fin, aquí les dejo una entrevista de Kadaré para The Paris Review

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Bruno Schulz y los mundos desbordados

B. Schulz (1892-1942)

Probablemente a estas alturas ya todos conozcan la nefasta historia de cómo el mundo perdió a uno de sus genios más emotivos, más visionarios, dueño de una prosa iluminada y visceral, desbordada, rica y audaz, hacedor de pasados, de libros imprescindibles, tejedor de una saga familiar e histórica inolvidable.

Ante la insistencia de sus amigos y familiares, Schulz había decidido por fin huir de Polonia con los papeles falsos que un contrabandista le había conseguido. La anécdota es bien conocida: Durante la ocupación alemana en Polonia, Schulz se convirtió en el judío de un nazi que lo adoptó para que  pintara murales en el cuarto de su hijo y en el resto de la casa. Un día en la calle, por venganza, otro nazi le disparó a Schulz, y le dijo al general alemán: «Tú me mataste a mi judío, yo te mato al tuyo».

Dicen que Schulz había terminado ya la primera versión de su obra maestra, El Mesías. Su libro, como su cuerpo, se pudren en alguna fosa común que aún no ha sido encontrada. Quien sabe si su Mesías no aparezca en el momento en que la humanidad ya lo haya olvidado.

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A veces me da la impresión de que Bruno Schulz no fue un hombre de carne y hueso, sino una presencia que sólo existió y permanece aún, impávida y medrosa, entre las hojas de su libro. Schulz se dibuja, se desdibuja y se vuelve a trazar en infinidad de borradores de hojas de papel, la mayoría de las veces, en las imágenes se arrastra de cara al suelo y a los pies de alguna mujer fresca de ropas ligeras, a punto de la humillación y del placer. Tiene Schulz los ojos hundidos, como trinchera en la tierra, hay sombras en su mirada, una vacilación impredecible, una intención que parece a punto de explotar; no mira nunca de frente, la mirada es siempre oblicua, y en ella convergen el servilismo y la sospecha, provoca temor y conmiseración al mismo tiempo; si en la calle le dirigiera a uno la palabra, se lo pensaría mucho antes de contestar cualquier cosa o de alejarse lo más pronto posible. Schulz era uno de esos hombres que pueden vivir en realidades dislocadas con una visión mucho más verdadera que la del común de las personas, rechazaba los espejos porque desconfiaba de ellos, quizás les temía; tal vez fuera ésta la razón de los numerosos autorretratos. En la imagen, Schulz sostiene en las manos lo que parece ser una corona que se dispone a colocar sobre el que lo observa desde afuera de la página, el dibujo se llama Dedicatoria, el primero del Libro de la idolatría. Tras él sobresalen de la sombra los rostros de dos hombres, uno de cara angulosa que lo mira con cierta aprensión, el otro, de cara redonda, lo mira con expectativa, como si Schulz fuera el centro de una escena involuntaria y un tanto resignada. En casi todos sus dibujos aparece él, a veces a la sombra de otros personajes que parecen versiones oscuras y hedonistas de los dibujos de Alicia en el país de las maravillas; casi siempre Schulz se encuentra mirando al suelo o subrepticiamente al observador.

Los relatos de Schulz se complementan con los dibujos, que no son sino otra manifestación autobiográfica, una forma de descubrirse a sí mismo, de hacerse responsable de su propio rostro, de definir sus rasgos y aprenderse a sí mismo de memoria; así es como debo verme. Quién sabe si en realidad Schulz no era un insecto que se pensaba como hombre, o un hombrecillo (“un gnomo minúsculo y macrocefálico”, como lo describía Gombrowicz) que aspira a disminuirse hasta parecer y comportarse como un monstruoso insecto; una hipérbole, una exageración de hombre. Cómo no pensar en Schulz como en el personaje de una novela kafkiana cuando uno comete el desliz poco honroso de investigar su biografía, el relato cuyo sentido es metaforizar una vida sin sentido.

Enfermo, solo, marginado y miserable, Schulz había logrado, a pesar de todo, terminar la que él quería que fuera su obra maestra. La tituló El mesías, y sería la continuación de Las tiendas de color canela. Esa novela giraba en torno a la transposición mítica de los motivos de la cultura judaica, según sus propias palabras. Es difícil no hacer conjeturas sobre las obras fantasma. Sucede que los libros también tienen destinos de los que el escritor no se entera, y otros que el escritor controla desde su concepción.

Maldoror ediciones se ha dado a la tarea de recopilar y editar la obra de Schulz y pueden consultarla en este enlace. Ignoren por favor el terrible diseño y la tipografía (¡Comic sans!) si les es posible y vayan al texto. Si no, ahorren dinerito y compren la hermosa edición de Siruela que recopila lo más importante de Schulz bajo el título de Madurar hacia la infancia.

Los exégetas del Libro dicen que todos los libros sueñan con el auténtico.

La imagen de portada de este post es del artista Daniel Cecelja, por favor vean más de su trabajo en su página web, que está increíble.

Jean Giono

Es por todos conocida la reserva de Rulfo al hablar sobre sus influencias literarias. Hoy sabemos que había leído muy bien a Hamsun, a Faulkner o a Andreiev y que, por ejemplo, el refinamiento estilístico de los franceses le aburría. Según él, todos escribían igual. Todos salvo uno, a quien él consideraba el escritor más importante y a la vez el más subestimado dentro de la literatura francesa contemporánea. Su nombre era Jean Giono.

Giono nació en Manosque, al sur de Francia, en 1895. Abandonó muy pronto la escuela y continuó sus estudios de manera autodidacta. Sus conocimientos de la vida en el campo, una aguda capacidad de observación y su imaginación desbordada, fueron herramientas que le permitieron reproducir los escenarios en los que se llevaban a cabo las historias de sus novelas, donde aún se perciben las huellas de los clásicos griegos, así como de la épica medieval y renacentista, en especial, del Orlando furioso. Sin embargo, su escritura está muy lejos de plantear únicamente el conflicto del hombre con la naturaleza, pues ésta funciona como contraste mediante el cual se percibe la mediocridad moral y la fragilidad del sistema de valores sociales.

En El húsar en el tejado (1951), una epidemia de cólera devasta el sur de Francia. La presencia de la enfermedad revierte el sentido de vida por un sentido de la muerte. Angelo, el héroe, un revolucionario perseguido por espías imperiales, se da cuenta de que la humanidad es un estorbo para alcanzar la libertad de la humanidad misma. Al parecer, los hombres necesitan siempre servir a algo o a alguien y la revolución termina convirtiendo a la libertad en tirano. Según Giono, esta incesante búsqueda de amos, la invención de dioses, de ideales y de vicios humanos a lo largo de la historia se debe a que el hombre sufre de tedio. Si invento personajes, si escribo, dice Giono, es para luchar contra la gran maldición del universo, en la que nadie nunca repara: el tedio. Para el autor de la Trilogía de Pan (1928-1930), la definición del hombre es “un ser con la capacidad de aburrirse”. En la realidad es poco lo que ocurre.

Giono se mantuvo alejado de los círculos intelectuales de su época, no siguió corrientes literarias ni se alineó con política alguna, no fue un escritor engagé. Había formado parte de la Asociación de Escritores y Artistas Revolucionarios pero la abandonó. Ante todo era un pacifista. Decía que defendería aquello que podía ver: las colinas, los árboles, a una mujer; pero se negaba a defender Francia, pues ésta no existía. No obstante su declarado antibelicismo, fue detenido en 1944 por el cargo de colaboracionista y su obra soterrada durante muchos años a pesar del reconocimiento de figuras como Malraux o Gide.

Giono murió en 1970 en la misma ciudad donde nació. Para él, lo importante era ser un alegre pesimista, pues a pesar de su aversión hacia la realidad, existía el recurso de la pluma para inventar un alivio. Quizás no exageraba Rulfo al considerar El canto del mundo (1934) como una de las mejores novelas escritas, ni Gide cuando dijo que un nuevo Virgilio acababa de nacer en la baja Provenza.

Agota Kristof

La obra y la figura de Kristof tienen algo profundamente perturbador, una melancolía insuperable y un dolor afilado. Crueldad, sí, pero sublimada, convertida en una manifestación artística donde nada sobra, que permea desde la primera palabra hasta el último punto, una prosa desnuda, desollada con bisturí, calculada hasta en el número de oraciones, en la musicalidad, en la composición, y sin embargo, que desborda emotividad precisamente por lo que calla. La trilogía que comprende la obra maestra de la Kristof consta de El gran cuaderno, La prueba y La tercera mentira, pero en la edición de Quinteto se agrupa bajo el título de Claus y Lucas, el primer nombre anagrama del segundo o como usted quiera.

A grandes rasgos, El gran cuaderno es la historia de dos hermanos gemelos a quienes su madre, para protegerlos de la guerra, lleva a casa de su abuela, que vive en un pueblo fronterizo, para intentar sobrevivir ella por su lado en lo que encuentra la manera de regresar por ellos con el padre. Bueno, uno ya puede irse olvidando de eso, pues en esta historia hay expiación mas no salvación. La abuela resulta ser la vieja bruja de un cuento antiguo: es grosera, sucia, avara y analfabeta. No quiere a los niños, pero igual se queda con ellos y los pone a trabajar. Los niños ven en la separación de la madre el primer acontecimiento doloroso de la vida, tan sólo un anuncio de lo que aún vendrá y en gran escala. A partir de entonces deciden entrenarse en todos los aspectos para no sentir dolor, es decir: el mundo no debe pasar a través de ellos, tienen que ser impenetrables. Siento que esta primera novela es la que impacta más, tanto por la manera en que está escrita como por la trama, que desgarra a los personajes de todas las formas posibles. Sin embargo, creo que la obra consiste en los tres libros, y que no se podría comprender en todo su esplendor si no se incluyen los otros dos. En éstos, Kristof juguetea perversamente no sólo con el personaje, sino con el lector, que duda de la existencia de los dos hermanos, y se da cuenta de que, quizás, todo (¡Pero claro!) fue una mentira. ¿Será que Lucas se inventó a Claus? ¿O al revés? Kristof resquebraja un tanto las convenciones sobre la  la realidad interna de la novela, y sin embargo, sale bien librada de esa lucha. Se entiende que cuando una persona llega a la edad adulta, la infancia para a formar parte del mundo metafórico, sólo que en el caso de estos personajes, la infancia fue una metáfora negra, por lo que la vuelta a ella, la vuelta a casa, es una vuelta al agujero negro donde todo se convirtió en desgracia.

Esta trilogía está escrita para enloquecer. Después de leerla, se puede comprender por qué a Kristof le parecía gracioso Bernhard y por qué, pese a lo que dijeran los editores, ella sabía que no tenía más que escribir.

La mayoría de las veces considero de mal gusto meterme en la vida privada de los escritores, pero en este caso el morbo me gana y recurro a la fantasía de imaginar los últimos días de la Kristof, una anciana que decía que ya no le interesaba la literatura (aunque aquí yo difiero porque, según ella, lo que ya no le interesa es la literatura como especie de adorno de la realidad, y a ella, dice, sólo le interesó, en otros años, el reflejo de esa realidad, cruel y terrible, en fin), convencida de que ya había dicho lo que tenía que decir; una mujer a quien la obra de Thomas Bernhard le parecía muy divertida, y que lo que más disfrutaba en esa soledad congelada de Neuchâtel era ver la tele y leer novelas policiacas, una Kristof que ya no iba a recoger sus premios internacionales porque ya no estaba en edad de viajar, arrastrar maletas y desplazarse como turista por cada ciudad a donde la invitaban.

Quizás mi terrible pero voluntario ostracismo me haga pensar que hay menos lectores de la Kristof de los que debiera, en todo caso, siempre que puedo, la recomiendo.

Dejó aquí un artículo de José Ovejero sobre la Kristof, que no tiene desperdicio.

Aquí las primeras líneas de la trilogía.