Desde mi cama

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Por: Janila Castañeda

Pasamos alrededor de veinticinco años de nuestras vidas durmiendo, esto sin considerar las horas que transcurren en la cama sin dormir. Más que el sueño, me interesan todas las otras actividades que se puedan celebrar entre sábanas: leer, pensar, ver al techo, coger, cucharear, platicar, escribir, trabajar, llorar, convalecer, morir, sanar. 

El 25 de marzo de 1969, Y y J compartieron su cama con el mundo. El amor menos censurado de la historia, un acto revolucionario. Durante una semana entera, doce horas cada día, periodistas y morbosos entraron a la habitación de hotel donde los recién casados protestaban por la paz desde su cama, como si el sueño fuera una invocación al mundo para despertar de la violencia. La invasión del dormitorio de matrimonio: un paraíso voyerista. 

El morbo, tan juzgado y mal visto, es un rasgo de curiosidad, de una mente que busca confirmar lo que imagina. Muchas veces esta curiosidad obsesiva solo nos deja con una colección infinita de datos inútiles. La curiosidad no responde a la productividad, sino a la necesidad de saber. La vida detrás de las ventanas. Pasar frente a un hotel y pensar en todas las personas que están teniendo sexo en ese preciso momento, las realidades alternas que se viven ajenas a la nuestra. Cada que duermo en una cama de hotel pienso en los cuerpos que estuvieron antes del mío. Camas habitadas y abandonadas, entregadas al siguiente cuerpo que las habite. ¿Habrá manera de replicar sus formas con la mía? ¿Cuántos días pasan hasta que un colchón adopta nuestra forma? Una topografía del cuerpo. 

Del 1 al 9 de abril de 1979, S invitó, entre amigos y extraños, a veintinueve personas a dormir en su cama. La única condición era permanecer ocho horas y que se dejaran fotografiar y observar mientras dormían. Difuminando los límites entre lo público y lo privado, S llevó los rituales de la cama al ojo público. Culturalmente, la cama se designa como el objeto más íntimo que habitamos y las actividades asociadas a ella forman parte de nuestro mundo privado. Nuestra intimidad se delimita desde la cama hasta el espacio que la rodea. 

La cama compartida sigue siendo el símbolo del matrimonio, destaca Kundera en su más famosa novela, y los símbolos, como sabemos, son intocables. Para mí intocable es el privilegio de dormir sola. La renuncia a la individualidad de la cama me parece ofensiva. La cama debería ser algo que se comparte por gusto, no por contrato. En la Antigua Grecia, las mujeres dormían en el gineceo, una sección reservada de la casa, siempre que no fueran convocadas por su marido en la habitación conyugal. En Roma, las camas eran pequeños divanes que se usaban para comer y recibir a las visitas. Llegada la noche, cada uno se iba a dormir a su cubiculum. Qué digna celebración de independencia. 

Todos los días despierto en la misma cama. Diferente habitación, diferente casa, diferente colonia, diferente ciudad, diferente colchón, pero mi cama es siempre la misma. El colchón es solo la materialización de un concepto. La cama es algo que se lleva a cuestas, un espacio que se monta y se desmonta en diferentes locaciones a lo largo de la vida. El espacio menos reconocido como registro del paso del tiempo, el rastro de una vida en reposo. 

En 1998, T logró transportar cuatro días de depresión absoluta a la sala de un museo. El caos íntimo a la vista del mundo. Caos, cuerpo, movimiento. Rodeada de basura, botellas, cenizas, y medias enmarañadas, una cama destendida se presenta como biografía del cuerpo que la habitó. En contraste, tender la cama es una oportunidad diaria de empezar de nuevo, una página en blanco. ¿Cuántas páginas me quedarán por destender en mi sagrado espacio de reposo? 

Desde mi cama defiendo la calma, los rituales personales y la individualidad. La oportunidad de descubrir y descubrirme entre sábanas. Es una protesta, no por el fin de la guerra ni por la paz mundial, sino por la posibilidad de desaparecer sin dejar de ser visible.

*Realizado durante el taller de Ensayo Literario impartido por Somos Texto / marzo 2021 

Escrito por

Leo, tejo y escribo, que es lo mismo. Hablo con los perros, que es mejor.

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