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Johanna Sinisalo

Es una autora finlandesa aclamada internacionalmente que clasifica sus obras dentro del llamado «Finnish Weird», ya que desafían cualquier género en particular. Ha Ganado numerosos premios literarios, incluyendo el Finlandia Prize (2000), el James Tiptree Jr. Award (2004), el Atorox (siete veces), el Prometheus Award (2017) y ha sido también nominada para el Premio Nebula en 2009.

*Semblanza extraída del sitio web de Roca Editorial, que publica sus novelas.

Yoko Ogawa

Yoko Ogawa ha nacido hace 59 años en Okayama, Japón. Actualmente sigue residiendo en Japón en Ashiya, Hyōgo. Se graduó en la Universidad de Waseda de Tokio y comenzó su carrera literaria a los 24 años. Para comenzar con esa nueva andadura se inspiró en la literatura clásica japonesa, en la obra de Kenzaburo Oé y en el Diario de Ana Frank.Su primera publicación fue un relato, ‘Desintegración de la mariposa’, con el que obtuvo el Premio Kaien. Desde ese momento ha ido recibiendo infinidad de premios como por ejemplo el Premio Shirley Jackson, el Premio Tanizaki y el Premio Akutagawa entre otros.Escribe tanto ficción como no ficción aunque lo que mas destacan son sus novelas y relatos. En España la mayoría de sus obras se encuentran editadas por @editorialfunambulista y recientemente @tusquetseditores ha publicado su último libro.

*Semblanza extraída del grupo de Facebook de «Viajar leyendo autoras», administrado por @ReadingsNorth

Edurne Portela

He desarrollado mi carrera profesional en Estados Unidos, país en el que realicé primero un doctorado en Literaturas Hispánicas en la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill, para después trasladarme a la Universidad de Lehigh (Pensilvania). A lo largo de 13 años compaginé mi trabajo docente con la dirección del centro de investigación para las humanidades de la universidad (Humanities Center) y otros puestos de gestión académica, al mismo tiempo que desarrollé mi agenda de investigación y publicación. Puedes encontrar más información sobre estas actividades en “Trabajo académico”.

En enero de 2016 decidí poner punto final a mi carrera universitaria en Estados Unidos y volver a España. Soy autora en la editorial Galaxia Gutenberg y con ella he publicado el ensayo El eco de los disparos: cultura y memoria de la violencia (2016) y la novela Mejor la ausencia (2017) que ha recibido el Premio 2018 al mejor libro de ficción del Gremio de las librerías de Madrid. En marzo de 2019 he publicado mi segunda novela, Formas de estar lejosEn marzo de 2021 publico la novela Los ojos cerrados.

He escrito regularmente para El País. En La Marea bimestral publico, junto a José Ovejero, la sección “Libros y susurros”. Una vez al mes publico una tribuna en los diferentes diarios regionales de la agencia Colpisa*. Creé, para Radio Nacional de España, la sección sobre literatura titulada “La vida imaginada”.  Los lunes de 10:30-11:00  participo junto a Àngels Barceló en el programa “Hoy por Hoy”, de la Cadena SER con la sección “Merece la pena“.

*Un domingo al mes puedes leer mi tribuna en cualquiera de estos periódicos:

**Semblanza extraída del sitio web de la autora.

Tatiana Ţîbuleac

Hija única de un periodista y de la correctora de un periódico, ya en la universidad empezó a colaborar con diversos medios en calidad de traductora, correctora y reportera mientras realizaba sus estudios de Periodismo y Comunicación. Se dio a conocer en 1995, cuando empezó la columna «Historias verdaderas» en el periódico flux, uno de los diarios más importantes en lengua rumana. En 1999 empezó a trabajar en televisión como una de las reporteras principales del telediario de la cadena pro tv, donde consolidó su papel dentro del periodismo de corte social. Su primer libro, una colección de relatos titulada Fábulas modernas, se publicó en 2014. El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes (2016), su primera novela, impactó a crítica y lectores, y se consideró un auténtico fenómeno literario en Rumanía. Ha recibido varios premios, entre los que destacan el otorgado por la Unión de Escritores Moldavos y la revista literaria rumana Observator Cultural, y está siendo traducida a numerosos idiomas. En 2018 publicó su segunda novela, Jardín de vidrio. Actualmente, Ţîbuleac sigue trabajando en el mundo de la comunicación audiovisual y vive en París con sus dos hijos.

*Perfil de autora extraído del sitio web de la editorial Impedimenta, que publica un par de libros suyos.

Dubravka Ugrešić

Dubravka Ugrešić nació en Zagreb, Croacia, en 1949. En 1993 se exilió por motivos políticos. Desde entonces ha vivido y ejercido la docencia en diversos países. Actualmente reside en Holanda. Sus novelas y ensayos han obtenido numerosos premios, entre los cuales destacan el Prix Européen de l’essai Charles Veillon 1996, el Verzetsprijs 1997, el Heinrich Mann 2000 o el Premio Feronio 2004. Su obra ha sido traducida a numerosos idiomas con gran éxito de crítica y público. En España ha publicado la novela El museo de la rendición incondicional (Alfaguara, 2003) y los ensayos de Gracias por no leer (La Fábrica, 2004). El ministerio del dolor (finalista del Premio Independent Foreign Fiction 2006) es su primera novela publicada en Anagrama.

*Semblanza extraída del sitio web de la editorial Anagrama, que publica un par de sus libros en español.

María Luisa Puga

La vida de María Luisa Puga estuvo marcada por la errancia. Nacida en la Ciudad de México, en 1944, y huérfana desde pequeña, su infancia transcurrió entre los puertos de Acapulco y Mazatlán, a donde se trasladó a vivir con sus abuelos. Después de establecerse por un tiempo en la Ciudad de México, a principios de 1968 se marchó a Europa, donde durante diez años residió en distintas ciudades (Roma, Londres, París) hasta finalmente establecerse por una temporada en Nairobi, Kenia. De su experiencia en aquella capital africana surgiría Las posibilidades del odio, una novela anticolonialista que le granjeó la aclamación de la crítica literaria y del público lector. En 1978 regresó a México y se afilió al Partido Comunista, por el que fue candidata a diputada suplente. Dos años después apareció su segunda novela, Cuando el aire es azul, y en 1983 se publicó Pánico o peligro, novela que la hizo merecedora del Premio Xavier Villaurrutia y la consagró como una de las más notables escritoras mexicanas. Ese mismo año conoció a Isaac Levin, quien sería su pareja hasta su muerte y con quien a mediados de aquella década, después de una segunda estancia en la capital mexicana, se mudó a una cabaña vecina del lago Zirahuén, en Michoacán: “Me fui a vivir a Zirahuén porque quería organizar mi propia austeridad, vivir en una pobreza voluntaria y controlada que me permitiera ver el proceso de crisis del país. […] Lo que escogí fue el espacio para escribir, no para ser escritora con éxito. Me estorbaría el ser excesivamente conocida, en el sentido de que dejaría de oír mi escritura y empezaría a oír mi imagen.” Fue autora de otras ocho novelas, seis libros de cuentos, seis de ensayos así como de tres obras infantiles. Murió de cáncer hepático el 25 de diciembre de 2004. Sus cenizas fueron enterradas al pie de Esteban, el árbol que creció al lado de su cabaña en el lago.

*Semblanza extraída de Publicaciones UNAM, colección Vindictas.

Nellie Campobello

Nellie Campobello Morton (María Francisca Moya Luna) nació el 7 de noviembre de 1900, en Villa Ocampo, Durango. Murió el 9 de julio de 1986, en Progreso de Obregón, Hidalgo1. Además de Villa Ocampo, vivió en Parral, en la ciudad de Chihuahua y en Laredo, Texas. Llegó a la ciudad de México en 1923. En la capital, estudió en una escuela inglesa, tomó clases de ballet y se relacionó con intelectuales y artistas. Dio a conocer en 1928 su primer libro, el volumen de poesía Yo, versos por Francisca, al parecer en edición de autor. Lo reeditó el doctor Atl al año siguiente. Su formación de balletista la llevó a incorporarse en 1930 a la sección de Música y Bailes Nacionales de la Secretaría de Educación Pública. En 1931 fundó la Escuela Nacional de Danza, que dirigió por varias décadas. En 1943 creó el Ballet de la Ciudad de México. Publicó Ritmos indígenas de México (1940), en colaboración con Gloria Campobello. Acerca del tema de la Revolución, escribió Cartucho. Relatos sobre la lucha en el norte de México (1931), Las manos de mamá (1937) y Apuntes sobre la vida militar de Francisco Villa (1940).

*Extraído de Cervantes Virtual

Desde mi cama · Janila Castañeda

Pasamos alrededor de veinticinco años de nuestras vidas durmiendo, esto sin considerar las horas que transcurren en la cama sin dormir. Más que el sueño, me interesan todas las otras actividades que se puedan celebrar entre sábanas: leer, pensar, ver al techo, coger, cucharear, platicar, escribir, trabajar, llorar, convalecer, morir, sanar. 

El 25 de marzo de 1969, Y y J compartieron su cama con el mundo. El amor menos censurado de la historia, un acto revolucionario. Durante una semana entera, doce horas cada día, periodistas y morbosos entraron a la habitación de hotel donde los recién casados protestaban por la paz desde su cama, como si el sueño fuera una invocación al mundo para despertar de la violencia. La invasión del dormitorio de matrimonio: un paraíso voyerista. 

El morbo, tan juzgado y mal visto, es un rasgo de curiosidad, de una mente que busca confirmar lo que imagina. Muchas veces esta curiosidad obsesiva solo nos deja con una colección infinita de datos inútiles. La curiosidad no responde a la productividad, sino a la necesidad de saber. La vida detrás de las ventanas. Pasar frente a un hotel y pensar en todas las personas que están teniendo sexo en ese preciso momento, las realidades alternas que se viven ajenas a la nuestra. Cada que duermo en una cama de hotel pienso en los cuerpos que estuvieron antes del mío. Camas habitadas y abandonadas, entregadas al siguiente cuerpo que las habite. ¿Habrá manera de replicar sus formas con la mía? ¿Cuántos días pasan hasta que un colchón adopta nuestra forma? Una topografía del cuerpo. 

Del 1 al 9 de abril de 1979, S invitó, entre amigos y extraños, a veintinueve personas a dormir en su cama. La única condición era permanecer ocho horas y que se dejaran fotografiar y observar mientras dormían. Difuminando los límites entre lo público y lo privado, S llevó los rituales de la cama al ojo público. Culturalmente, la cama se designa como el objeto más íntimo que habitamos y las actividades asociadas a ella forman parte de nuestro mundo privado. Nuestra intimidad se delimita desde la cama hasta el espacio que la rodea. 

La cama compartida sigue siendo el símbolo del matrimonio, destaca Kundera en su más famosa novela, y los símbolos, como sabemos, son intocables. Para mí intocable es el privilegio de dormir sola. La renuncia a la individualidad de la cama me parece ofensiva. La cama debería ser algo que se comparte por gusto, no por contrato. En la Antigua Grecia, las mujeres dormían en el gineceo, una sección reservada de la casa, siempre que no fueran convocadas por su marido en la habitación conyugal. En Roma, las camas eran pequeños divanes que se usaban para comer y recibir a las visitas. Llegada la noche, cada uno se iba a dormir a su cubiculum. Qué digna celebración de independencia. 

Todos los días despierto en la misma cama. Diferente habitación, diferente casa, diferente colonia, diferente ciudad, diferente colchón, pero mi cama es siempre la misma. El colchón es solo la materialización de un concepto. La cama es algo que se lleva a cuestas, un espacio que se monta y se desmonta en diferentes locaciones a lo largo de la vida. El espacio menos reconocido como registro del paso del tiempo, el rastro de una vida en reposo. 

En 1998, T logró transportar cuatro días de depresión absoluta a la sala de un museo. El caos íntimo a la vista del mundo. Caos, cuerpo, movimiento. Rodeada de basura, botellas, cenizas, y medias enmarañadas, una cama destendida se presenta como biografía del cuerpo que la habitó. En contraste, tender la cama es una oportunidad diaria de empezar de nuevo, una página en blanco. ¿Cuántas páginas me quedarán por destender en mi sagrado espacio de reposo? 

Desde mi cama defiendo la calma, los rituales personales y la individualidad. La oportunidad de descubrir y descubrirme entre sábanas. Es una protesta, no por el fin de la guerra ni por la paz mundial, sino por la posibilidad de desaparecer sin dejar de ser visible.



*Realizado durante el taller de Ensayo Literario impartido por Somos Texto / marzo 2021 

Odilón · Gabriel Martínez Bucio

Gabriel Martínez Bucio (Uruapan, Michoacán, 1989). Estudió letras en la Universidad Iberoamericana, Ciudad de México, y el máster en creación literaria de la Universitat Pompeu Fabra. Actualmente realiza su doctorado en Estudios lingüísticos, literarios y culturales en la Universitat de Barcelona, con la tesis sobre la obra de Arlt e Ibargüengoitia.
Sus crónicas y cuentos han aparecido en diversas antologías y publicaciones como Letras Libres, The Barcelona Review, Animal Político, Grafógrafxs, Le Miau Noir, El Barrio Antiguo, La Santa Crítica, y Periódico de Poesía, entre otros. Vidrios en el parque (La Equilibrista, Barcelona, 2018) es su primer libro.
El presente relato inédito se trata del prólogo de Odilón, una novela contada por Matías Fuentes, exfutbolista y exsuegro del personaje principal.

“Un antiguo proverbio sentencia: no intentes hacer dos cosas a la vez si esperas

triunfar en ambas. Esta es la historia de la persona que lo intentó”.

Sherlock, Jr. Buster Keaton

Prólogo

El autor de este libro le pidió al que aquí escribe, su exsuegro, licenciado Matías Fuentes, servidor, que prologara las experiencias y encuentros que narra este libro. Experiencias que, por cierto, no me han gustado para nada. Y no es que sus relatos carezcan de cierta gracia. Eso se lo reconozco. Incluso algunos han dicho que hasta tiene talento. Lo dudo. Lo que sí es cierto es que la primera impresión de una persona es algo que no se borra jamás. Mucho más grabada se queda si ha sido desgraciada.

Verán, conocí hace muchos años a Odilón Redón. Era la noche del 24 de diciembre del 2002. Lo recuerdo bien. Y, contrario a su glamoroso nombre del que tanto se regodea, no me pareció para nada encantador. Al contrario. Quise matarlo. Lo recuerdo bien. Porque lo encontré sentadito en la sala de mi casa, acariciando a un cachorro, haciéndose bien güey. Todo parecía en orden, pero tenía el cabello empapado. Le chorreaban las patillas. Respiraba agitado. ¿Tan rápido de vuelta, don Matías?, se atrevió a decirme, el muy cabrón. Yo sostenía el pavo que habíamos salido a comprar con mi esposa al Costco; y fue ese pedazo de animal lo que me impidió romperle el hocico. Se los juro. La vida de un chamaco salvada por el cadáver de un ave. Es para reírse. Pero me enfureció. Me había costado tanto trabajo encontrar un pavo a las diez de la noche que no pude tirarlo al piso y darle unos buenos madrazos.

Ahora bien, a la distancia, puedo decir que Odilón es un suertudo. Siempre se sale con la suya. Y cada vez que se escapa por un pelo, dice que al cobarde le basta con escapar o no sé qué chingaderas. Y luego sonríe, el muy sinvergüenza.

Pero volvamos a esa noche.

Se preguntarán por qué estaba tan enojado con un joven que acariciaba a un cachorro. Pues verán, había sido el inocente regalo de Navidad que le dio a mi hija esa mañana. Inocentes mis huevos. Apenas llevaban un par de meses juntos y un día se presenta con un cachorrito. Con el moño rojo en el cuello y la bolsa enorme de croquetas y toda la cosa. Me van a perdonar, pero es una exageración un regalo así. Al parecer, y por lo que he escuchado, esa ha sido una constante en la vida de Odilón. No los cachorros. Los actos exagerados. Y también su desgracia. Ya lo van a ver en sus relatos. Pero que se los resuelva su psicólogo. O su editor. Yo vuelvo a esa mañana de Navidad. Mi esposa se puso muy contenta. Juzgaba la relación de sana y tierna. Pobre pendeja. Si yo conozco bien a los chavitos. Si yo fui uno de esos. Aunque lo que más me encabronaba era que a mí me tocaría limpiar las cacas del perro. Pero no dije nada. Ese fue el problema. No… decir… nada.

Mira papá, te presento a mi novio. Mucho gusto don Matías. Le estreché la mano con repulsión. Se va a quedar a cenar con nosotros, papá. Mi hija ya había llegado a esa edad donde no se pregunta, se informa. Y todos, enseguida, se pusieron en cuclillas a jugar con el cachorrito. Como era de esperar, mi esposa se olvidó de cocinar el pavo. Se quedó ahí seco dentro del horno. Yo también me quedé seco en la casa. Porque teníamos invitados. Ya saben, primos, tíos, más primos, la abuela. Y nadie se acordó de la cena. Por ese pinche cachorro. Y por eso tuvimos que salir a las diez de la noche al Costco por un pavo ya cocinado y listo para servirse. Era el último que quedaba. Hasta el cajero bromeó algo que no me causó gracia. En fin, que habíamos vuelto diez y media. ¡Sólo media hora nos habíamos tardado! Y ese cabrón sudado. Y ni rastro de mi hija por la sala.

Mandé a mi esposa a la cocina y todavía tuvo la chispa de preguntarme si se iba sola o acompañada del pavo. No toques el puto pavo y haz el favor de terminar de preparar lo que falta que ya van a llegar todos, le contesté.

Cuando me quedé cara a cara con ese adolescente cagado, llamé a mi hija. ¡Pina, baja de inmediato, carajo! Papá, no grites, se asomó por el descansillo de la escalera, ¿qué pasó? Que bajes, te digo. Ahorita, contestó la muy irreverente y agregó: que me estoy terminando de arreglar. Esas palabras me hervían la sangre. Si ya estaba arreglada cuando nos fuimos. Pero mejor no pensar en eso. Regresó a su cuarto y se tardó un poquito en salir. Le clavé la mirada al chamaco. Encima de nosotros sólo se escuchaban cajones que se abrían y cerraban. La llave del agua. Más cajones. Cómo me retumbaban esos ruidos en mi cerebro. Y Odilón tan campante acariciando al cachorrito sobre sus piernas. Y yo, yo sosteniendo el cadáver del pavo como un pendejo.

Cuando por fin bajó mi hija, se terminaba de hacer una trenza. Traía puesto un vestido naranja impecable. Pero las mejillas chapeadas. Como se le ponían cuando hacía gimnasia en la escuela. ¡Jijos de la chingada! ¡Qué coraje! Uno como güey yendo por la comida y estos aprovechando la casa sola. Estos eran los pensamientos que me ardían en la cabeza. Pero me contuve. No tanto por ser un padre responsable, sino porque comenzaron a escucharse las portezuelas de los coches de los invitados, el motor que se apagaba, uno que otro haciéndose el chistoso de pitar como loco.

Como les dije allá arriba, Odilón Redón siempre ha conseguido escabullirse de este tipo de situaciones.

Sabía que no tenía mucho tiempo. Así que les advertí con seriedad: este cabrón no puede estar en la casa solo contigo. Siempre tenemos que estar o tu madre o yo presentes. Si por mí fuera se quedaba sin cena. Nomás porque es Navidad. ¿De qué estás hablando, papá? ¿A dónde querías que se fuera media hora? ¡Cómo se hacen tarugos los adolescentes! Siempre desviando el meollo del asunto. Mira, no nos hagamos tontos, Pina. ¿Por qué chingados están sudados?, pregunté sin ganas de saber la respuesta. Los dos se quedaron quietecitos, bien asustados. Y namás porque en eso sonó el timbre. Si no, la cagotiza que les hubiera puesto. Ya, ya, ya, vayan a lavarse las manos y se vienen directitos a sentar. Pero esto no se me olvida. Y no se me olvidó. Los señalé con el pavo y los amenacé con que al día siguiente iría a hablar con los padres de Odilón.

Como ya se imaginan, la cena giró en torno al cachorrito. En ningún momento estuvimos todos sentados en la mesa. Siempre estaba alguien arrastrándose por el piso. Hasta la abuela se acuclilló para darle un pedacito de pavo al peluche ese. Pero carajo, eso tiene que contar como canibalismo o algo por el estilo, ¿no? Es como si a un moreliano le dan de comer, digamos, no a otro moreliano, pero al menos un uruapense o un pátzcuarense. Bueno, en fin, para mí ni un pinche gracias por salvar la Navidad a última hora. Nadie. Ah, pero eso sí, antes, todos mis primos hacían fila para venir a cenar y pedirme un autógrafo para no sé qué amigo que veía todos mis partidos, para no sé qué novia que era mi fan número uno. Y yo los recibía con gusto. Y se iban bien contentos, con la barriga llena y la firma en sus balones. Yo, que había sido seleccionado nacional y estaba acostumbrado a ser el centro de atención, ahora que me había retirado no podía competir ni contra un cachorro que apenas sabía caminar sin tropezarse.

Pero la gota que derramó el vaso fue lo que sucedió a continuación. Alguien preguntó cómo habían bautizado al perro. En primera, esa es una majadería para nosotros los católicos. ¿Cómo que cómo lo habían bautizado? Hazme el perro favor. Ya no hay respeto. Y, en segunda, la respuesta fue como un pelotazo en pleno hocico a la mitad del colegio. Odilón Redón me miró fijamente, con esos ojos saltones y soltó despacito: Maldini, le pusimos Mal-di-ni. ¡Y todos aplaudieron y qué bonito nombre! Yo sé que lo hizo para chingarme. Dijeron que porque les gustaba el fútbol. Lo hizo por molestar. Y mi hija toda una cómplice. De pronto llegan a una edad donde te conviertes en el enemigo. Maldini, ese pendejazo italiano fue el que me rompió la pierna en el mundial del 94. Los comentaristas de mi propio país dijeron que había ido al balón. Que mi rodilla se había roto al caer en el césped. Mentira. Cerdo italiano. Fue directo a la rodilla. Y si no lo salto, me hubiera reventado las dos piernas. El profe Mejía Barón me sacó por Juan Chávez. Y ahí se terminó. A la vuelta de Estados Unidos todo se vino abajo. Nadie quería contratarme. El único equipo que se interesó fue el Celaya. El pinche Celaya. Y ahí fui a dar, con el Hugo Sánchez y el Butragueño versiones ridículas. La pura decadencia. Una vergüenza cada que salía al campo. Si hasta nos tiraban carrilla que la mascota ya no debía ser un toro, sino un perro oso. Yo que había jugado en las Águilas, en el Cruz Azul, en los gloriosos años de los Canarios del Atlético Morelia. Y me tocó retirarme en el Celaya. Peor, en la banca del Celaya. Porque no podían banquear a la leyenda Hugo Sánchez. Españolete de mierda. Pero bueno, el caso es que le pusieron Maldini y todos estaban sonriendo mientras yo sabía, yo sabía. Y miren, que le intentara quitar la virginidad a mi hija me encabronaba. Pero que se burlara de mi carrera como futbolista me reventaba los huevos. Y no pude más:

¡Te prohíbo que vuelvas a ver a mi hija, hijo de la chingada! Le grité a media cena. Te recuerdo que ella es menor de edad y tú ya tienes dieciocho. ¿Sabes lo que significa? Te puedo meter al bote. Sé que se orinó. Ahí ya no me sostuvo la mirada, ¿verdad? Todos se quedaron en silencio. Y namás porque la abuela me tomó del brazo no fui hasta su lugar para darle unos buenos putazos. Se levantó, le dio un beso en la mejilla a Pina, y partió.

 Nunca volvió por mi casa. Mi hija no volvió a verlo. Tuve el cuidado de dejarla en la puerta del colegio y recogerla puntualmente a la salida. Le revisaba su celular cada que podía. Durante un tiempo tuve que aguantar sus berrinches pero yo le decía que sólo la estaba cuidando, que ya me lo agradecería algún día. Luego me aplicó la ley del hielo y no me dirigió la palabra durante su último año de la prepa. Hasta que llegó el momento de la universidad y ahí tuvo que ceder para pedirme pagar su carrera. A lo cual acepté gustoso. Luego permiso para mudarse a Guadalajara. Y ahí dije que ni madres, que Morelia ya tenía buenas universidades. Y lo entendió de buena forma.

Quizás, entonces, ustedes se preguntarán por qué acepté escribir este prólogo. Pues verán, después de diez años de aquel fatídico encuentro navideño, Odilón Redón fue el único que acompañó a mi hija cuando falleció en el hospital. Ni siquiera su esposo tuvo la valentía de permanecer a su lado. Se escudó tras el divorcio. Se la pasaba platicando en la cafetería del primer piso con las amigas de mi hija. Un culero. Pero Odilón fue el único que estuvo ahí. Tomó un avión desde la Isla de Encanta, con el miedo que todos sabemos que le tiene a volar, y cruzó el Atlántico. Se había ido ahí para convertirse en zahorí. Ni puta idea si lo consiguió porque a mí me parece que cada vez hay más lagos secos por todo el mundo. Aquí al ladito, basta asomarse a Cuitzeo o Chapala. Unos perros desiertos. Así que rastro del éxito de los estudios de Odilón, no hay. Pero en cuanto supo la noticia compró su billete y fue directito al hospital donde se postró, como una estatua, al lado de su cama.

Fue una neumonía. Por culpa de un pinche pollo. Y luego dicen que las cosas no pasan por algo. Después de su divorcio, a Pina se le ocurrió irse de misiones a la meseta purépecha. En pleno enero. Fue cuando cayó la famosa nevada de cuatro días en Paracho, que cubrió a todo el pueblo de blanco. En la tercera noche se fue la luz y el pequeño refrigerador dejó de funcionar. Pues se le hizo fácil agarrar el pollo, salir al patiecito trasero y meterlo en la nieve para que se conservara. La puerta se cerró y no traía llaves. Así de cotidiano. Así de simple. La tormenta de nieve no dejó que los vecinos escucharan sus gritos de ayuda. Hasta el día siguiente, cuando amainó un poquito, un vecino la encontró. Y entonces, las llamadas, la ambulancia, el hospital. Todo por otra ave.

Y bueno, Odilón no se despegó en los cuatro días que estuvieron tratando de salvarla. Ni para bañarse. Decía que las moscas eran sus mascotas. Y mi hija murió cogiéndole la mano. Pero la hizo sonreír unas horas antes. Pues sí, el muy cabrón tenía esa habilidad. Te sacaba risas hasta en los funerales. Muchos lo han llegado a odiar por eso. Pero si tengo que decir algo bueno del libro es que se ríe de lo que otros no se han atrevido a hacerlo. No sé si es virtud o vicio. Pero a mí me conmovió ver a mi hija con los tubos, con la bata azul, en medio de esa habitación de luz mortuoria, sonreír con ganas unas horas antes de partir. Como si todo estuviera bien. Y ya está. Eso es todo lo que me atrevo a contar.

Unas semanas después del entierro nos vimos en un café. Odilón debía regresar a la isla esa misma noche. Teníamos algo de tiempo. Conversamos un poquito. Me enterneció saber que lo había asustado tanto aquella Navidad que no pudo acercarse de nueva cuenta a mi hija. Al menos es lo que me dijo. Pero se ve honesto el muchacho. Hasta que se enteró que estaba en el hospital. ¡Y habían pasado diez años! Pues sí, don Matías, pero jamás la olvidé, me dijo.

Nunca he sido chillón pero les juro que sentí unas ganas terribles de soltarme a llorar. Me contó que a los pocos meses se mudó a la isla. Sus andanzas en esas tierras surrealistas aprendiendo el antiguo arte de los zahoríes. Se levantaban tempranito para internarse en páramos en busca de pozos de agua. Cuando lo conseguían, las fiestas eran inmensas, pues todo el pueblo les agradecía. Había conocido otras mujeres, otros amigos. Se dejó la barba. Y me confesó algo que necesitaba sacarse de encima. No sé por qué lo hizo. Quizás fue el momento. La muerte de un ser querido puede llegar a unir hasta a naciones enteras. Pero ahora sé que lo del humor es sólo un escudo, una pose como dice él. Como Jorge Campos, mi compañero de cuarto en las concentraciones de la selección, que siempre aparecía riéndose en las entrevistas de televisión pero luego pasaba semanas enteras acurrucado en su sillón.

Pues sí, lo ha envuelto una pena que por respeto no voy a contar aquí. No lo voy a hacer. Pero que sus lectores sepan que yo no tuve nada que ver con eso. Ni Pina, ni Maldini-perro. Que quede claro. Me dijo que le venía de otro lado ese desasosiego. Le encantaba esa palabreja. La mencionó como cinco veces haciéndose el intelectual. Así que respetaré su secreto. Los sé guardar muy bien. Al final de cuentas, sus actos exagerados hicieron que lo apreciara. Aunque eso no sea suficiente para perdonarle haberse agarrado a mi hija en Navidad. De hecho, tratando de romper un silencio incómodo, le pregunté por esa noche. Quería saber, quería corroborar que tenía razón porque mi esposa siempre me reclamó que me había pasado, que ellos eran tan inocentes y que cómo se me ocurría. Y pensarán que soy un obsesivo. Pero ustedes no se tragaron meses de reproches. Sin embargo, el muy joto se había vuelto dizque caballero en esa isla. No lo recuerdo, don Matías. Claro que se acordaba, si el cabrón se tragó tres platos de pavo y me rechazó la ensalada de manzana porque le causaba náuseas. Pinche delicadito. Eso no se te ha quitado, ¿verdad?, le pregunté. No, la ensalada de manzana sigue siendo asquerosa, don Matías.

Nos despedimos con un fuerte abrazo y le deseé lo mejor en la Isla de Encanta, desde donde nos envía, cada Navidad, un nuevo cachorrito. Ya tenemos ocho. Casi un equipito completo. Yo le digo que pare pero no hay forma. Ya ven su afición por la desmesura. Llegan en cajitas amarillas con agujeros y moños rojos. Y en sus cuellos viene colgada una tarjetita con el nombre: siempre un defensor italiano.

Con el primero me encabroné. Éste nomás no aprende. Con el segundo lloré como un niño. Y ya con el tercero me encariñé con la idea de tener amarrados en mi jardín a todos los grandes defensores italianos. Junto al viejo Maldini, tenemos a Cannavaro, Costacurta, Baresi, Nesta, Zambrotta, Mancini, y Chiellini. Y ya no me importa si lo hace por humor o por melancolía, porque hay que aceptarlo, es bonita la tradición. Pinches perros, cómo los quiero.

Leche · Jaime Panqueva

Colombiano nacido en 1973. Desde 1998 reside fuera de su país, vivió en Alemania y España, para finalmente afincarse en México. Ganador del premio nacional Juan Rulfo de primera novela 2009 Conaculta-INBA, publicado en 2011 por Grupo Planeta bajo el nombre de La rosa de la China. Su colección de cuentos El final de los tiempos apareció bajo el sello Nortestación en 2012. Su relato Hamburgo en Miércoles fue ganador del concurso literario del 9° Festival Internacional de Escritores y Literatura en San Miguel de Allende 2014. Fue seleccionado por la Asociación de Escritores de Shanghái para las residencias literarias de ese año. Participó en el 4to encuentro de narrativa de la región centro-occidente en 2016 becado por el estado de Guanajuato. Algunos de sus relatos han sido traducidos al húngaro y francés, así como seleccionados para aparecer en revistas literarias y diarios de Argentina (Gramma), Colombia (El Espectador), Perú (Vallejo & Co.), y México (Antología virtual de minificción mexicana, Internacional microcuentista, Letras Libres, Los Suicidas, UNI-Diversidad, Parteaguas y Cosido a Mano, entre otras). Reside en Irapuato donde publica una columna de opinión semanal en El sol de Irapuato, y en los portales de noticias Zona Franca y Es lo cotidiano. Ha sido tutor de las becas estatales PECDA de Guanajuato y del Seminario de Literatura Jorge Ibargüengoitia. Es miembro fundador de Fomento Cultural Irapuato AC y hace parte del consejo editorial de Argonauta, revista cultural del Bajío.

*Este cuento pertenece al libro El final de los tiempos, editado en 2013 por Ediciones Nortestación

Era de noche y se había terminado la leche. No quedaba nada en el refri y tampoco en el cajón de la alacena donde guardábamos los empaques de tetrabrik. Aunque aquel invierno hacía mucho frío, mis hijos insistían en desayunar cereal. Cualquiera habría decidido salir rápido por un par de litros mientras ellos duermen, con mayor razón si, como yo, odian salir de madrugada a buscarla. Sólo había que ir a la planta baja, cruzar la calle, caminar unos metros y comprarla en la tienda de abarrotes. Nadie se inquietaría por dejarlos solos unos pocos minutos en los brazos de Morfeo, pero yo sí, y la probabilidad de que alguno despertara y me echara en falta me inquietaba. Cuando estuve casado sucedió una vez durante nuestras vacaciones, dejamos dormida a nuestra hija mayor en la habitación mientras fuimos a cenar al restaurante del hotel. Ella tendría unos dos años y medio, y ya una vez conciliado el sueño dormía sin interrupciones hasta el día siguiente. En eso confiábamos mi mujer y yo, hasta que poco antes de los postres una pareja entró al restaurante con Antonia en brazos. La pobre había despertado y salido en piyama del cuarto para buscarnos. Adriana, mi mujer, con lágrimas en los ojos tuvo que aguantar parte del sermón de la pareja salvadora y cargar con la pequeña de regreso a la cama. Yo soporté el resto del regaño mientras pagaba la cuenta y me retiraba con el postre en dos platos. Desde entonces, Antonia desarrolló un complejo de pérdida que tardó algunos años y muchas terapias en diluirse, en parte porque la experiencia no volvió a repetirse, y por otra porque Adriana se convirtió en una madre obsesionada porque su hija estuviera siempre acompañada. La situación mejoró a partir del nacimiento de nuestro segundo hijo, pero tras la muerte de Adriana dos años después yo me apropié de su celo en el cuidado de mis niños. Debía ir por leche a la tienda de la esquina, no esperaría al día siguiente pues añadiría prisas a nuestra salida a la oficina y el colegio. Me puse el abrigo, mi sombrero, y en lo que me envolvía la bufanda revisé a los niños en su cuarto para volver a cobijarlos. Había salido así un par de veces antes, pero nunca después de quedarme viudo. En las contadas ocasiones que salí de noche me aseguré siempre de que una niñera se quedara en casa o por lo menos que una de mis hermanas los acogiera en la suya. Apagué todas las luces del departamento y sólo dejé encendida la de mi cuarto. Tomé la bolsa del mandado que cuelga a la entrada y cerré la puerta sin hacer ruido. Empecé a sudar de camino al elevador. Al cruzar el portal sentí empapados mi cuello y sienes. A paso redoblado llegué a la tienda y, mientras despachaban a una muchacha que había llegado antes, me desembaracé de la bufanda y el sombrero. Pagué a la carrera y volví trotando. Cuando entré en el elevador y me enfrenté contra el espejo de la pared del fondo (no entiendo por qué siguen construyendo elevadores con espejos), tuve la sensación de que algo había cambiado en mí. No eran mis ojeras ni los pelos mal rasurados que asomaban en mi quijada, ni los rastros brillosos de mi transpiración. Sentía que algo andaba mal, que no debía abandonar a mis hijos de esa manera. Si Adriana viviera me lo recriminaría con toda seguridad, como lo hacía al aparecerse cotidianamente en mis sueños después del accidente. Al abrirse la puerta en mi piso, pensé que irrumpiría el humo de mi departamento incendiándose, o quizás otra pareja entraría al elevador llevando a mis hijos de la mano. Revisé mi reloj, mi salida no había tardado más de ocho minutos. Avancé con rapidez por el corredor, de uno de los departamentos cercanos al mío se escuchaba un televisor con algún tipo de noticiero. Pudieron haberse despertado con eso, pensé, pero la puerta de mi hogar se hallaba tan bien cerrada, como la había dejado. Por alguna razón no la abrí de inmediato, posé mi oreja sobre ella como si temiera encontrar a los niños destruyendo la vajilla o pulverizando los controles del Guitar Hero. Nada, la madera de la puerta rezumaba silencio. Recosté mi cabeza contra ella, me reí por un momento de mis temores.

Ya tú sabes, James · Federico Vite

*Este texto pertenece al libro Carne de cañón (Cuadrivio, 2015)
©Todos los derechos reservados

Mi zanca Henry James recomienda buscar una fisonomía femenina para darle refresco a la existencia y lo más lógico, al seguir su consejo, es ponerle fin a mi encierro, porque en la mañana el cuarto se vuelve una lumbrera. Después, sólo basta con esperarlo en la parada del camión, es chofer de El Sabor violeta, un autobús muy chévere, con buenas bocinas, música genial; además, transita por las facultades de la universidad, ahí es donde se agarran las mejores nalgas para cotorrear a gusto. No faltan amigas en el asiento trasero: negras y juguetonas. Lo mejor de todo es que en los urbanos no hay ninguna posibilidad de que Aidé me encuentre; ella viaja en taxi.

       El claxon de El sabor violeta rompe mis pensamientos.

        —Epa, James¿qué show?

         —Nada, primito, nada. Súbete que la cabeza caliente no piensa.

         —¿Va bien la chamba?

         —No, parna. Aquí lo único bueno son las cervezas —dice pasando la última lata de su six―. El día está de la chingada ―limpia el sudor de su calva.

       Al primer trago el mundo se vuelve un oasis.

       —¿Y el librito qué dice, Vite? Se me hace que estás tonteando nomás. Ora hacer un libro. Ponte a trabajar, a darle dinero a la nena. Se va ir, cabrón. Las chicas no quieren letras. Ya tú sabes, papi.

       Bebo para no disertar sobre mi novela, pero la vista del James termina por arrancarme unas palabras.

         —Simón, parna. Va tirado, tendido y como que quiere darme alegrías el noveleo.

        Vamos por la Costera. Yo dejo que la brisa me toque. Supongo que visto desde afuera parezco uno de esos perros que viajan en autos de lujo, con la lengua en la ventanilla.

         —Mira, Vite, si jalamos morras no voy a sacar ni lo de la cuenta y está cabrón. La family no tiene varo pues.

       —No se agüite, con una negra que mueve bien el bote se van las penas, ¿qué no, mi James?

     Y en El Sabor violeta suena el reggaeton a todo volumen. La voz de Daddy Yankee atrae los mejores culos, los sacudidores, los que anuncian tardes llenas de sudor ajeno. Estamos en el centro del ligue. Suben muchachas de buen ver. Bebo más para animarme. La cerveza ya está caliente, pero debo fingir que aún sabe deliciosa. Una mujer grandota de cabello largo y chino me sonríe. Vas, Vite, vas, pienso. Así que le invito un trago levantando la lata.

           —Te tardaste, mi loco —dice y se acomoda junto a mí.

           Noto que sus nalgas cubren por completo el asiento. La imagino desnuda, con sus piernas de caballo encima de mis hombros. Su sexo debe oler agrio, fuerte. Divina la negra.

       —¿Te avientas un rol conmigo?

       —Si me invitas una caguama sí, loco ―responde la diosa.

       Sus dientes grandes aparecen por primera vez; los labios gruesos, rojos, de verdad que emocionan a cualquiera. No creo que nadie aguante quince minutos dándole duro a esa boquita sucia y majestuosa.

       —Vamos pues, loca —propongo sonriendo.

      Al decir eso me acuerdo de Aidé. Ella no tiene los labios así, tampoco es aventada; siempre, cautelosa.

     El Sabor violeta lleva menos de la mitad del recorrido y yo me siento con ánimo de pasar a la tienda de Vilma, ella le fía a James, pero aún faltaba un tramo largo para eso.

       —¿Y tú qué haces? —grita porque la música aumenta.

       De pronto creo que el ruido de las bocinas sale de mi verga, como si estuviera ansiosa, hambrienta de esta reina que domina el arte de ligar.

     —Soy escritor —digo con fuerza.

       Ella ríe. La veo coqueta; más bien, puta. Supongo que a la segunda cerveza esta mujer es una puerta bien abierta.

     —Entonces escríbeme algo —abre la boca diciendo algo y simplemente me dejó abanicar por la solvencia lujuriosa de sus pestañas.

     —Dame un beso, primero.

     Los labios de la negra conquistan los míos.

     James me ve por el retrovisor. Cuando pone esa cara de la estás cagando es justo cuando me gusta alguien. Así ha pasado con otras diosas, pero este camarada de pronto se pone serio.

           —Invítame una pues, loco.

           Hago señas a James; me entiende a medias, eso creo, porque mueve la cabeza de un lado a otro. Me levanto y le digo en la oreja que se pare en la tienda. No quiere.

         —¿Te abres, parna?

         —Pendejo, es la hermana del Bari.

         Un escalofrío es un relámpago en la columna vertebral, eso comprendo al oír nombrado al Bari. Ese tipo se las gasta: ha matado a unos quince cabrones; siempre trae pistola y es dueño de varios camiones de esta ruta. El hijo de puta tiene poder, dinero y, por si fuera poco, su hermana está buenísima.

       —¡Verga! Pero la negra quiere, Jamesito.

       —Pero ni moverle, Vite.

       Regreso a mi asiento, esta vez con miedo; me imagino lleno de agujeros en el pecho.

       —¿Y la caguama, loco?

       No sé qué responderle.

       —Adelante; más allá la compramos.

       Me ve con la certeza de que estoy cagándola.

     —Puto.

     —¿Qué?

       —Eres puto, eso dije

       Se me traba la lengua. Tengo la sensación de que mi estómago es una sartén hirviendo.

     —¿Cómo se te ocurre, pendeja? No mames.

     La negra me clava los ojos. Supongo que así, de esa manera despiadada, ve el Bari a todos los cabrones que mata.

   —Así me gustan, papito, con güevos. Trae la caguama y te llevo a un lugarcito para que me escribas algo en las nalgas.

   Siento mariposas en mi estómago. James vuelve a mover la cabeza, aunque esta vez no quiere ver mi reflejo en el retrovisor. La carne, la maldita carne. El Sabor violeta se detiene para subir más pasaje; yo no tengo opción: desciendo en busca de bebida.

     La niña que atiende la miscelánea pone la boca chueca ante mi petición y señala un letrero: No se humille pidiendo fiado. Regreso al camión sintiéndome un hombre podrido.

     —No quiere fiar, James —confieso pegando la boca al oído de mi parna.

     Arrebato unas monedas de la cajonera del cambió. Ya con dinero en la mano, la chamaca de la tienda sonríe al darme mi pedido. Estoy de vuelta en mi asiento, sin miedo, con lujuria acumulada. Tengo una caguama entre las manos.

     —Sale, coqueta. ¡Bébale! —afirmo sacudiendo la cabeza al ritmo del reggaetón y paso la cerveza. Prefiero no ver a James.

     —Vas bien, loco, vas bien —dice la negra con seguridad y abre un poco las piernas.

Pone su mano en mi pecho: me araña. Bebe despacio la cerveza. No se ve con ánimo de compartir la caguama. Sabe cómo portarse la muy divina.

     —Adelante nos quedamos, loco —dice con firmeza, sujeta el pico de la botella.

     —Simón —respondo y me acerco a James para pedirle chance de bajarnos en la esquina, donde los jardines de la Facultad de Turismo son buenos para consumar encuentros carnales; antes de partir le agandallo unas monedas más.

     —La vas a cagar, Vite, pero tú sabes —lamenta James, pero no hay vuelta de hoja. Veo a la negra retadora, con ganas de darme la cogida de mi vida―. Te veo al rato en la playa para que me cuentes qué tal estuvo el cotorreo ―chocamos los puños y él de nuevo limpia el sudor de su calva blanca.

     Salimos de El sabor violeta. La cantina al frente es de las más pequeñas que hay en el puerto. Tres mesas de plástico y un baño de un metro cuadrado, casi siempre con un hedor poderoso, eso es todo, claro, también hay clientes trasnochados.

     —Aquí tengo un privado, mi loco —susurra y una gota de cerveza resbala por sus labios con la indiferencia de un barco que se aleja. Imagino que mi semen podría caer con la misma lentitud por esa boca.

     —No esperaba menos —digo por decir algo, porque lo único claro es la ansiedad por saborear a esta negra.

     Camina hacia el baño. Con su dedo índice me pide que la siga. Y voy tras los movimientos de su cadera. El baño huele a orines. Ella entrecierra la puerta de madera. Las meseras se dan cuenta de nuestras intenciones. Lo sé, escucho los susurros, las carcajadas.

     —¿Sabes por qué me gustas? —la reto.

       —No.

     —Porque eres como yo.

       Se ríe. Pone la caguama en el lavabo y se acerca con los brazos extendidos para aferrarse a mi espalda. Huelo su cuello. Levanto la blusa: encuentro dos flores carnívoras coronando su pecho.

       —Bájate la bermuda, niño.

       Obedezco. Siento cómo baja su boca por mi torso y se detiene frente a la bragueta de mi bóxer. Oigo que alguien abre la puerta. Descubro a Bari con un palillo entre sus dientes.

     —Así que sí, manita —termina la frase chasqueando la lengua.

   Me tiemblan las piernas, las manos.

     —Enséñame la verga ―ordena escupiendo el mondadientes.

     Obedezco. El Bari me observa. Su hermana se escuda tras él; se empina la caguama.

     —Date una vuelta, muñeco ―noto que este hombre disfruta mandar.

     Pienso en Aidé, en mi novela, en las advertencias de James. Nada de eso sirve ahora. Emparejan la puerta del baño. Me visto. Me sacan a empujones dos tipos. Fuera de la cantina hay un camión estacionado con la música a todo volumen. Subo los escalones. Siento que voy directo a una bóveda o la fosa común más vistosa del cementerio.

     El Bari, ya desnudo, me espera al final del pasillo. Dice que me invitará lo que quiera si me porto bien. Me da la espalda. Tres jóvenes, a unos metros de él, graban con sus celulares la escena.

       —My lover —dice y se pone la pistola en la cabeza—. Métemela, pendejo.

     En cuestión de minutos estaré más tranquilo. No es gran cosa esto. No.

     —Apúrate, pendejo ―ordena afeminando su voz.

     Acato las órdenes. Sé que de hoy en adelante no voy a frecuentar esta ruta. Debo terminar la novela. Estaré mejor después. Estaré mejor después.

Imperium · Edy Bravo

Edy Bravo, nació en la Ciudad de México el 11 de noviembre de 1982. Ha incursionado en múltiples áreas entre las que se encuentran teatro, escritura, arte, poesía, coaching, producción, dirección, psicología, entretenimiento, servicio al cliente, innovación, espiritualidad, tecnología, diseño, marketing y muchas otras.
Cada uno de sus libros representan a su manera una de las múltiples facetas del autor, el primero, La Era de la Consciencia nos muestra distintas formas de interpretar diversos conceptos cotidianos desde una perspectiva espiritual y de unión, en la novela Imperium - El Despertar, nos lleva a través de un mundo lleno de aventura y suspenso, mientras nos habla de conceptos de mayor relevancia a través de la vida y las experiencias de sus personajes, su libro más reciente Vive Bajo TUS Propias Reglas, nos lleva a través de su propio proceso de redescubrimiento personal, donde con humor y ligereza relata y nos muestra cómo traer a la conciencia nuestros personajes de vida, resignificar nuestras historias y reevaluar nuestras reglas y creencias más arraigadas.

IMPERIUM – El Despertar

(Capítulo 1)


Luciana despertó de un sueño muy extraño, se estiró con suavidad y volteó hacia la izquierda, para mirar por la ventanilla del avión, podía ver las nubes y las luces de París iluminando el paisaje nocturno. «¡Por fin llegamos! Qué hermosa e imponente es», pensó con emoción. Podía observar los diagramas dibujados por líneas convergentes que definen las calles aledañas, los puentes que acompañan en su trazado serpenteante al río Sena y en el centro de la hermosa vista, como un gran faro, iluminando todo a su alrededor, pudo finalmente ver la Torre Eiffel. «Es maravillosa, la había visto en fotografías y videos, pero no imaginé lo imponente e impresionante que se vería», pensó para sí misma. «Cómo me gustaría que Tom estuviera aquí conmigo, es la ciudad del amor y prefirió quedarse a…»
Cuando, de pronto, un ruido ensordecedor irrumpió sus pensamientos, el avión se estremecía y podía ver cómo todo volaba a su alrededor, cayeron las máscaras de oxígeno y se encendieron los anuncios del cinturón de seguridad, las azafatas corrían hacia los asientos ubicados en el fondo y al frente del avión y se ajustaban el cinturón de seguridad. Se escuchó una voz masculina que resonó por todo el avión:

—Estimados pasajeros, estamos experimentando dificultades técnicas, les rogamos mantener la calma —dijo el piloto.

Luciana sintió cómo el avión comenzaba a caer, podía sentir en su estómago un vacío similar al de una montaña rusa, todo daba vueltas, detectó un fuerte olor como a quemado, comenzó a escuchar los gritos de los demás pasajeros, seguidos de un zumbido extraño e intenso y de pronto nada… Todo se volvió obscuro, no podía ver, ni sentir nada.

Era como si alguien hubiera apagado las luces y las sensaciones del cuerpo, no había nada, solo sus propios pensamientos, de pronto, a lo lejos, pudo ver una luz. «¿Es esto lo que dicen que se siente al morir?», pensó. La luz se acercaba y se volvía cada vez más intensa y brillante, pero por alguna extraña razón no le lastimaba los ojos, ni le preocupaba, sintió cómo una mano tomaba la suya, volteó y pudo vislumbrar cómo se formaba una figura que le resultaba familiar; era Nona, su abuela, había fallecido varios años atrás, al verla se alegró mucho y le dijo:

—¿Nona?, ¿de verdad eres tú?, ¿qué pasó? De pronto estaba en un avión y todo empezó a volar y… ¿Estoy muerta? —Nona la vio con gran amor y ternura, le dijo:
—Todo en su momento mi niña, todo en su momento, por ahora lo importante es que hablemos un poco de tu vida.
—¿O sea que sí me morí? —dijo Luciana con tristeza.
—Todo en su momento, no es necesario ser impacientes, muéstrame un poco de tu vida —contestó con amor.
—¿Mostrar? —Se quedó pensativa un segundo, de pronto, como si hubiera una pantalla de cine frente a ella, comenzó a ver cómo iba pasando su vida, era algo instantáneo sobre lo que no tenía ningún control, pero tampoco lo buscaba.

Pudo ver su niñez, los momentos cuando jugaba con su hermano, las visitas a la casa de la abuela Nona y cómo se divertían juntas. —Eso la alegró—. Después pudo ver el funeral de Nona, y cómo a raíz de eso, la relación con su hermano y sus padres se fue debilitando, vio su primer beso, las veces que se escapaba de casa para irse de fiesta, su graduación de la carrera de medicina, su primer departamento; que consistía en un principio solamente de cajas de cartón que utilizaba como muebles y un colchón inflable dónde dormir, su entrevista de trabajo en el área de pediatría del Hospital Ángeles, después, pudo ver el día que conoció a Tom. Escuchó:
—Doctora Torres, Doctora Torres, se solicita su presencia en urgencias.
Se vio a sí misma en la pantalla tomando sus cosas y dirigiéndose a urgencias, en una de las camas del fondo pudo ver a Tom, un joven alto y delgado, con el cabello y los ojos negros como la noche, lo que combinaba muy bien con su tez blanca y rasgos europeos, era una vista agradable para Luciana.
—¿De nuevo aquí? —preguntó Luciana con ternura, lo había visto la semana anterior, mientras ella atendía a un niño que había ingresado a urgencias.
—Sí, moría por verte, por eso me he roto una pierna, te vi la vez pasada y no me atreví a hablar contigo, pero tenía que regresar.
—Bueno, hubieras preguntado por mí en la recepción, no era necesario vernos en la sala de emergencias.
—Tenía que llamar tu atención —le dijo y rieron.

En ese momento la imagen de nuevo comenzó a acelerarse, pudo ver su primera cita, el primer beso, el día que se mudó con ella al apartamento, la primera pelea, las fiestas y las escenas de celos, las veces que lo esperaba despierta pero no volvía a casa, las ocasiones cuando regresaba tomado y la golpeaba, el maquillaje que tenía que usar para cubrir los moretones y las heridas, las veces que le rogó a Susana que la curara; pero, que no dijera nada en el hospital.

Nona simplemente la miraba con mucho amor, se veía en sus ojos que no había juicios ni recriminación alguna. Le preguntó:

—¿Qué piensas de eso mi niña?, ¿qué piensas de tu vida? —Luciana se quedó pensativa por unos momentos, después dijo:
—Creo que es como tiene que ser Nona, Tom me necesita, no sabe vivir sin mí y me pega porque me ama, a veces lo merezco.
—¿Eso crees? Bueno, déjame mostrarte algo, no se supone que debas conocer esto hasta que llegue tu momento definitivo, pero creo que en tu caso es necesario —le dijo con amor.

En ese momento la luz que brillaba a lo lejos comenzó a acercarse más y más, a través de ella Luciana comenzó a ver un hermoso valle, y la silueta de algunas personas, cuando se acercó más, pudo distinguir a su abuelo Tito, a su tío, dos de sus amigos que habían fallecido y algunas otras caras que le resultaban sumamente familiares; pero que no lograba recordar de donde, todos estaban ahí para recibirla amorosamente.

—Este es el lugar donde esperamos nuestro regreso a la vida, aquí compartimos nuestras experiencias humanas y lo que aprendimos en el mundo físico, normalmente no entramos hasta que ha llegado nuestro momento definitivo, pero creo que te haría bien pasar unos instantes en él —dijo Nona.

Cruzaron la barrera que los separaba y entraron a la luz. Luciana podía ver cómo todo era más brillante, daba una sensación de limpieza y pureza absoluta, se sentía rodeada de amor, lo único lo que vibraba en su ser era amor, un amor tan intenso, que no recordaba haberlo sentido así en vida, era un lugar brillante y hermoso, tenía vida por todas partes; aves, conejos, flores y árboles conviviendo en perfecta armonía.

A lo lejos pudo ver una ciudad brillante, como sacada de un cuento de hadas, de un color dorado muy particular. La recibieron con abrazos y besos, ella podía sentir cómo todo lo que la rodeaba era simplemente amor. Se sentía tan plena, tan feliz, como si hubiera estado de viaje muchos años y al fin regresara a casa.

—¿Ahora lo sabes? Lo has podido sentir, ¿cierto? —le preguntó Nona, mientras la miraba tiernamente.
—Sí Nona, gracias.
—Bueno mi niña, es hora de irnos. Que lo que hayas aprendido aquí te sirva para vivir y compartir.
—¿Tengo que irme Nona?, ¿no puedo quedarme aquí contigo?
—Es tu decisión, pero si te puedo decir que aún te faltan muchos momentos de aprendizaje y felicidad, hay algo que tienes que hacer antes de terminar y regresar aquí, no te preocupes, te estaremos esperando; el tiempo no existe en este lugar.
—Está bien —dijo Luciana con resignación.
—Hasta pronto, mi niña amada, escucha a tu corazón —le respondió Nona con mucho amor.
De pronto sintió que una fuerza invisible la jalaba, vio cómo todos se despedían de ella, la luz y el hermoso lugar iban quedando atrás, no tenía la sensación que normalmente tenemos al caer, pero veía cómo el mundo iba tomando forma, podía ver las nubes y el paisaje de París, los diagramas que dibujan las calles y los puentes del río Sena, la Torre Eiffel, hermosa e imponente como aquella noche, recordó el momento en el avión; pero aún no lograba entenderlo. Vio un helipuerto, un estacionamiento lleno de automóviles y un techo de color verde esmeralda, blanco y rojizo que le recordó por un instante a la bandera de su país, se precipitó hacia él sin poderlo controlar, «ahora sí me mato», pensó. Pero para su sorpresa lo atravesó como si fuera solo un holograma, podía ver todo y escuchar todo alrededor de ella, se encontró cruzando una sala de operaciones, un vestíbulo de enfermeras y reconoció de inmediato que era un hospital, no el suyo por supuesto, pero no es algo que cambie mucho de país a país.