Walter Weger

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* El presente relato pertenece al libro Panteón familiar (La Pereza Ediciones, 2016), que obtuvo el Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí en 2015.

Linz, 1870–Bogatynia, 1939(?). Los Wegstein se pelearon por un muro de piedra colocado unos metros más allá de lo acordado. Después de un puñetazo en la mesa y una botella de aguardiente estrellada en el mismo muro, decidieron que a partir de ese día ya no eran familia. El agraviado, propenso al ofuscamiento, al patrioterismo y a la magia, dejó para el otro las piedras del apellido, Stein, y se llevó la parte del camino, Weg. Walter Wegstein, ahora Weger, autor del puñetazo, tomó a su mujer y a su hijo de un año y se alejó por el sendero a lomo de caballo. Detrás de él, Walter escuchó la maldición proferida por su antes hermano, que le gritaba: “¡Pues será el camino tu pena y la de toda tu descendencia!”, a lo que Walter respondió con una carcajada, gesto que disimulaba su recelo por el peso de una condena como aquella. Nadie puede volver atrás después de una maldición, pensó, así que besó a su primogénito, tragó saliva y se marchó hacia el sur. Así se separó para siempre la familia.

Walter cumplía entonces veintitrés años y empezaba su carrera en el arte de la desaparición, que con el tiempo fue perfeccionando hasta convertirse en maestro del abandono y la tabula rasa.

Después, cuando tenía treinta y un años, tres hijos, una nueva mujer, y había deambulado por varias ciudades hasta establecerse en Zagreb, tuvo que marcharse nuevamente con toda su parentela por haber matado a golpes a un agitador que negaba reiteradamente la grandeza del imperio y de Francisco José, y que además, arengaba a los habituales de su taberna a recuperar por las armas el esplendor del antiguo reino de Eslavonia. Tras ver su reflejo en los ojos muertos del otro, Weger besó el suelo y se marchó a Praga, donde se convirtió en traficante de baratijas rusas, turcas, libros prohibidos y grimorios apócrifos.

En 1914, con cinco hijos ya y la policía pisándole los talones, Weger encontró la manera perfecta de demostrar su valía y fue a enlistarse en el ejército, donde lo destinaron al 34º regimiento de infantería del orgulloso Landwehr imperial. A los cuarenta y cinco años, unos cuantos meses en el frente y algunas hazañas difícilmente honorables le habían enseñado tres lecciones básicas de supervivencia. La primera, que para conservar la vida primero había que desaparecer por completo; la segunda, que la trinchera era lo que más se parecía a un hogar, y al mismo tiempo, a una tumba; por último, que lo más necesario en días de guerra eran cigarros y un mazo de cartas para hacer trucos de prestidigitación. También se dio cuenta de que había hombres con un destino y que el resto, los que no tenían destino, debían seguir a los primeros para conseguir un pedazo de historia, porque uno puede ser muy valiente y todo eso, pero al final la gloria escoge a sus propios héroes, nunca al contrario. Hay gente que nace para héroe. Hay quienes nacen para mover los hilos, muchos que destruyen lo que otros construyeron, y hay otros, la gran mayoría, que sólo nacen para dejar un nombre inscrito en una lápida y un apellido en su descendencia. A Walter Weger le aterraba ser un hombre sin destino. Una bala en el muslo lo dejó inútil para los escarceos bélicos, y él supo que su nombre jamás sería motivo de conmemoración nacional, que no sería recordado por su presencia entre hombres sin duda más audaces y más inteligentes que él.

Con la pierna maltrecha y la irreductible certeza de su verdadera misión en el mundo, Weger, a quien ninguno de sus hijos escribía, desertó y se ocultó en el bosque a esperar el fin de la guerra. Entre las ramas de la espesa vegetación y las flores escarchadas del invierno quedaron colgando su orgullo nacional y sus amores y odios no correspondidos, de los cuales ya no recordaba la razón. Para engañar el hambre, ejecutaba solitarios trucos con cartas, practicaba ventriloquia, camuflaje y escapismo forestal, mientras su mente se hundía casi imperceptiblemente en la melancolía y la confusión.

En algún momento, ya en la posguerra, Weger salió del bosque y dedicó todas sus fuerzas a perfeccionar los trucos que había practicado durante su estancia entre la maleza. Poco a poco fue conocido en la ciudad de Bogatynia, donde se había establecido. Se anunciaba como el hombre telúrico, concebido entre las raíces de un mundo en guerra y arrojado a la vida para mostrar el arte del ilusionismo y la verdadera magia. Gozó de fama durante unos buenos años, en los que sus admiradores le eran fieles y lo acompañaban a todos los lugares donde se presentaba. Su nombre figuraba en los carteles como El Invencible Weger, el hombre que desaparece.

Con el tiempo, sus dos exmujeres y sus cinco hijos venían a él como el recuerdo de la vida de otro, a veces en sueños, a veces en el rostro de otras personas, pero todas las visiones se apagaban bajo la luz de una obsesión que ocupaba su mente desde la herida en la pierna: cómo lograr desaparecer por completo. Y entonces, en 1925, a los cincuenta y cinco años, su carrera se desplomó cuando prometió desaparecer y un saboteador lo descubrió oculto bajo la tarima. Weger enmudeció y no volvió a subir a un escenario.

Weger se quedó solo y vivió de remendar ropa y zapatos. También volvió a recordar a sus hijos, a sus mujeres y, sobre todo, a los Wegstein. No se sentía vencido. Creía, más bien, que en la vida de los hombres, incluso de los que no alcanzan la gloria, hay un momento de luz, un instante que define su verdadero nombre, y en el que desembocan todos los caminos. Weger quería esperar hasta el último momento, estirar el tiempo hasta que sus fracasos se fueran diluyendo entre las ocurrencias cotidianas, y la gente, en lugar de decir “Mira, ahí va el pobre idiota de Weger”, dijera “Ese Weger está un poco zafado pero es un buen hombre”. Nunca supo lo que en verdad se decía de él en la ciudad.

Un día, a los sesenta y nueve años, Weger se despertó por el ruido de los aviones que sobrevolaban el cielo. Después leyó en los periódicos que Polonia había sido invadida, la guerra llegaba nuevamente. A mediados de septiembre de ese año, Weger anunció que haría un truco antes de que la ciudad quedara desierta y sus calles empezaran a oler a polvo de edificios y carne calcinada. El público, atraído por el morbo de ver al viejo remendón haciendo el ridículo, fue a su casa. Weger los invitó a recorrer cada rincón para que comprobaran que no había dónde esconderse. Primero realizó una decena de viejos trucos. Después proclamó su desaparición. Weger se introdujo en una caja de madera a manera de ataúd y dio tres toques en la tapa. El público se hundió en un largo silencio sin saber qué hacer o durante cuánto tiempo más esperar. Pasaron cinco minutos y, al ver que no pasaba nada, alguien se acercó al ataúd y lo abrió. El interior estaba vacío. Los invitados registraron cada rincón de la casa y las cercanías, pero Weger no apareció.

Su nombre empezó a pronunciarse en un susurro de admiración lúgubre.

Sin embargo, los restos de Weger fueron encontrados en una fosa común en el mismo bosque donde había estado oculto al huir de la guerra, entre otros ciento veinte cadáveres, durante el deshielo soviético. En un bolsillo oculto de su saco había una identificación con el nombre de Walter Wegstein.  ~

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Leo, tejo y escribo, que es lo mismo. Hablo con los perros, que es mejor.

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