Mnemotecnia

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*Este cuento forma parte del libro Panteón familiar, y se publicó en el número 22 de la revista Casa del tiempo.

El personaje de esta historia poseía un talento poco común que, por lo demás, salvo cuando se lo proponía, no era la cosa más útil: la habilidad de hablar con las sombras. Lo descubrió una vez, de pequeño, oculto entre los libros del padre, cuando leyó al azar una línea en un tomo empastado en cuero: Mi nombre es Nadie. A partir de entonces, cada vez que abría un libro, se presentaba con variaciones de la misma oración: Mi nombre es Cuervo, Mi nombre es Ceniza, Mi nombre es Poeta Menor. Hay que decir que en el mundo de los hombres de carne nadie se ha acercado todavía a preguntarle: Oiga, ¿y usted cómo se llama? ¿Le apetece ir a tomar un café?

         Nuestro señor es un hombre de costumbres. No por obsesivo, sino porque intenta confiar en el poder que ejerce la repetición sobre la memoria. Toma su café de la tardes desde hace años en el mismo lugar, compra sus camisas a rayas en la misma tienda, cena los sábados con su esposa en el mismo restaurante y pide los mismos platos esperando que los meseros se presenten con una sonrisa y la frase “¿Lo mismo de siempre, señor?”; pasa Navidad con su hijo en la casa de campo y en Año Nuevo pide siempre el mismo deseo. También aborda la ruta que va de Chapultepec a Miguel Ángel de Quevedo todos los días a las ocho de la mañana y conoce a cada uno de los empleados que trabajan en aquel paradero. Sin embargo, al abordar el camión, por ejemplo, el operador pasa su mirada a través de él sin pedirle el pasaje, y cuando él lo llama para exigirle que le cobre, el hombre lo mira de arriba abajo antes de extender la mano con una risa sarcástica. La escena se repite en todos los lugares que frecuenta, y los empleados siempre se excusan de la misma forma ensayada.

         Este hombre conversa con sus visiones como si estuvieran presentes y a la vista de todos, o mejor dicho, como si él mismo adelgazara hasta colarse por una grieta en la dimensión paralela de los hombres sin rostro. Una vez, después de un viaje a Londres, discutió durante semanas con Bartleby porque se negaba a responder las preguntas más sencillas, como un retrasado mental que sólo sabe una muletilla. Si alguna vez su mujer lo sorprendía en mitad de una de estas charlas, él ni siquiera la miraba, porque en ese momento era él quien no estaba ahí, y lo que Amalia veía no era más que una grieta que ella creía que era su marido.

          —La gente como nosotros —dijo una vez nuestro señor a Wakefield mientras golpeteaba con ansiedad la mesa del café Central—, sólo puede presentarse en la vida como daño colateral. Somos la rebaba del mundo. A mi modo de ver, querido amigo, nuestra única victoria consiste en una de estas dos opciones —Wakefield apuró un sorbo hirviente mientras se mesaba la espesa barba que no se había rasurado en varios meses, y escuchó con atención—: matar o hacernos matar.

         El hombre de quien hablamos casi nunca mira de frente, odia los rostros hermosos, los lunares que cautivan, las cicatrices, los ojos color gris nublado, las voces armoniosas, la simetría de los cuerpos, la muda aceptación con la que uno ejecuta las convenciones sociales más absurdas, las pequeñas mentiras cotidianas que dice la gente para evitar los sobresaltos; esa desgraciada belleza y la irrepetible fealdad de los extraños que el recuerdo captura durante unos segundos para después quedarse con el sedimento.

         Y así, casi sin querer, la mirada de este personaje se detiene una tarde en un rostro perfectamente apagado, como una taza de café diluida en medio litro de agua; una mujer silenciosa en quien nadie ha posado la vista, una mujer como él, sin luz ni sombra. Él se dedica a observarla. Después de media hora ella mira el reloj, toma su bolso y se levanta. Él la sigue hasta una pequeña pensión en Bucareli donde recoge su maleta y después se dirige a la central de Observatorio, donde aborda un autobús con destino a Toluca.

         La escena se repite el siguiente martes y el siguiente y todos. El hombre la observa beberse el café y la acompaña en silencio hasta la puerta de la pensión y luego hasta la estación. Piensa en la mujer el resto de la semana y le inventa una vida, mientras Wakefield, Goriot, Oneguin y Fausto palidecen entre el polvo de los libreros.

         Durante algunos años, la vida del hombre se limita a las últimas horas de los martes, cuando acompaña calladamente a beber café a Silvia, la mujer sinónimo, cuyo rostro no recuerda más que esos martes por la tarde, cuando el hueco en su mente embonaba con la presencia deslavada de ella. Con el tiempo, Silvia y el hombre de esta historia ya conocen todo de la vida del otro. Silvia se queda viuda y él sin hijo. La llegada del martes supone para este hombre el cumplimiento de una cita inevitable, el sentido de los días. Entre los muros de su casa ya sólo resuenan los pasos leves de su esposa, pero él sigue esperando los martes como un viejo espera la carta de una joven amante.

         Una tarde, el señor acude a su cita con Silvia y se da cuenta de que ella ha llegado antes. Él se sienta en la mesa de siempre y se pone a hojear unos versos de López Velarde. A los pocos minutos levanta la vista y nota que ella lo mira. Enseguida, ella se sienta en su mesa y se presenta con un nombre diferente. La conversación que sigue no tiene importancia, todo es mentira. Pero los ojos pequeños enmarcados en una piel que comienza a marchitarse penetran el alma de nuestro personaje y lo paralizan por completo. Él le dice: Mi nombre es Nadie. Esa tarde, él deja que la mujer se marche y decide no seguirla. Vuelve a su casa y duerme desde el momento en que su cabeza toca la almohada. Transcurre una semana.

         Empieza a oscurecer cuando la mujer sale de la pensión hacia la central de autobuses. Él sigue sus pasos. Al llegar su turno en la fila para abordar, el revisor lo mira a los ojos y le pide el boleto, luego le desea buen viaje y lo saluda con una inclinación de cabeza. Nuestro personaje lleva en el cuerpo una emoción tensa como cuerda de arco. Es invierno, la ciudad se duerme un poco más tarde que en verano. El frío lo excita. En el trayecto, conversa en voz baja con Wakefield y le pide que le describa el frío de los inviernos londinenses. Después la charla deriva hacia otros temas como la gastronomía de la costa del Pacífico, la salud de la señora y las erratas en los horarios de trenes del siglo XIX, mientras la mano del hombre acaricia la cacha de la pistola y suda dentro del bolsillo derecho.

El inspector de policía Rodríguez interroga al revisor con voz fatigada de insomnio. Le muestra la fotografía de un hombre calvo de baja estatura vestido con gabardina marrón, y zapatos negros. Le pregunta si lo ha visto en el autobús de México a Toluca.

         —No, señor. Si ese hombre hubiera viajado en alguno de los camiones dentro de mi horario, lo recordaría. Yo jamás olvido un rostro.

Escrito por

Leo, tejo y escribo, que es lo mismo. Hablo con los perros, que es mejor.

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