¡Díganme de qué trató 2020!

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Antes, en la era en que actualizaba este blog constantemente, me gustaba –¡oh!, aún lo recuerdo– subirme al tren del mame de las listas literarias de fin de año y escribirles mi muy relevante opinión sobre lo que había leído en el año, qué libros, a mi juicio, debían correr todos a leer, y cuáles ni se molestaran. Bueno, eso no es del todo cierto, pues las listas son casi siempre de lo que a uno le gustó, porque uno no quiere hacerle publicidad a lo que no.

Este año pasaron muchas cosas: apocalipsis, ansiedades, mi respectivo covid allá por mayo y nuevos comienzos empujados por la circunstancia; varios amigos se mudaron, otras parieron, se enamoraron y tronaron. Pero lo mejor de todo fueron, como siempre, los memes, que compensan el desgraciado hecho de que el reggaeton no haya muerto y mi aversión a las redes sociales (salvo IG, esa sí me gusta) y a los opinadores rapiditos y perezosos mentales.

El caso es que les voy a ahorrar mi –por supuesto– muy relevante reflexión sobre este año tan extraño porque lo importante no es lo que viví, en general mi problema nunca ha sido el encierro, sino tener que salir, lo que angustia es la potencia, lo que aún no pasa pero puede pasar, lo que no ha pasado pero sólo por suerte, no por haber hecho las cosas bien, vaya, la certeza de que nadie es especial. En fin, que lo importante es lo que vi a través de la ventana y lo que leí.

Mis Planes El 2020

Sin embargo, antes de pasar a mi súper importantísima lista de lecturas, quiero dejar registro de que el highlight de 2020 fue que comencé a dar talleres, algo que había pospuesto desde hace años. Lo relevante fue el azaroso y por completo accidentado descubrimiento de esos escritores que nadie lee con quienes me he topado en esos cursos y talleres, plumas tímidas, escondidas, silenciadas por la vida cotidiana ahora arrojadas a la página por el encierro, pero con un talento que, en serio, quizás no me crean, merecen leerse, con un montón de historias que pugnan por salir y ser escritas, ciencia ficción, continentes imaginarios pero probables, amores que salieron mal, historias de muertos, detectives atípicos, etc.

Wey ya meme: éste es el origen de la imagen viral; los mejores memes

Bueno, ya, a los libros.

Lecturas del 2020

Los que yei

Casas Vacías de Brenda Navarro. Como dije, para una mujer que ha decidido no ser madre, este libro es lo que más me ha acercado a sentir algo parecido (me refiero al espectro de emociones que genera la maternidad, no sólo a la angustia). Esta novela tiene todo: apuesta de estilo, trama, personajes, y desarrollado hasta lo último. Además, esta novela, junto con el ensayo de Meruane, fueron para mí, juntos, una revelación, la obsesión de descubrir la maternidad desde afuera, desde la no maternidad, de acercarme desde la no experiencia. Sé que es imposible, but still…

Declaración de las canciones oscuras de Luis Felipe Fabre. Lo empecé a leer a fines de 2019 y lo terminé a inicios de 2020. Inmediatamente corrí a prestárselo al hombre porque creo que no leerá (ni yo he leído literatura así desde Algo elemental de Eliot Weinberger) nada parecido en mucho tiempo. La trama es muy sencilla: narra (narrar es decir poco) las peripecias del traslado del cuerpo de fray Juan de la Cruz de Úbeda a Sevilla. El caso es que la novela es un prodigio estilístico, que recoge el lenguaje del siglo de oro y le da un vuelco contemporáneo, pero también es un prodigio del humor, algo que tanta falta hace en la literatura mexicana actual. Es una novela “demasiado literaria”, como diría alguien que conozco, a quien quiero pero jamás podré perdonar aquel juicio, que no sólo abre las posibilidades del lenguaje, sino que remueve, como la buena literatura, las entrañas del lector, conmueve porque al tiempo que es irónica es de una melancolía aplastante. Estas no son más que palabras, adjetivos que intentan (sin éxito) argumentar por qué todos deberían estar leyendo y hablando de esta novela. De verdad, no leerán nada parecido en mucho tiempo.

Ni siquiera los muertos, Juan Gómez Bárcena. Aún no termino el libro y puedo pecar de irresponsable al nombrarlo aquí pero creo que vale la pena porque fue uno de mis hallazgos de Storytel. Empecé a escucharlo y tuve que parar para ir a comprarlo y leerlo en papel. Lenguaje y personajes, de eso se trata esta novela, de la persecución de Juan por Juan, de un indio por un español en la conquista espiritual de América, desde la Gran Chichimeca hasta la frontera del país de la Nueva España. Es una de esas historias que son un símbolo, una metáfora, una queja, una gran parábola de lo que somos y lo que vivimos desde antes y hasta ahora. He leído por ahí comentarios de que es una novela irregular porque arranca muy bien y después afloja el ritmo, pero eso ya lo comprobaré después. Por el momento, el ritmo y el estilo y los personajes me tienen enganchada, y recuerden que novelas hay de dos tipos: las que arrastran y las que no.

El huésped, Guadalupe Nettel. Tenía pendiente a Nettel, y este año me leí varios libros suyos, aunque, según me informan, he pasado por alto el más importante, el mejor, que es el de cuentos, El matrimonio de los peces rojos, que leeré en cuanto tenga oportunidad en el 2021. De lo que leí este año de ella, El huésped me pareció lo mejor. Una personaja que sabe que dentro de ella hay un ser ajeno, turbio, malvado, que la absorbe y terminará ocupándola por completo, como en “Casa tomada” de Cortázar, sólo que acá, es un personaje lo que es tomado por la cosa, es así como ella lo llama, una cosa ciega y ajena, con voluntad propia y una fuerza que no se puede ignorar. El huésped es la búsqueda de una mínima conservación de la narradora para ocultarse de la cosa, y eso la lleva a perderse entre los bajos fondos de la ciudad, convivir con ciegos e indigentes, gente desheredada que, como ella, viven una vida por debajo de una superficie visible.

Pelea de gallos, de Fernanda Ampuero. Este es el tipo de violencia en la literatura que me perturba, y si algo busco en la literatura, es que me perturbe, que me inquiete. Lo brutal, cuando se dice así, de modo tan cotidiano, casi con el mismo lenguaje con el que contamos las mismas anécdotas a nuestros amigos, con el que hablamos de nuestra infancia, me resulta aún más brutal. Por eso, por esa brutalidad, este libro de cuentos es oro.

Canto yo y la montaña baila, de Irene Solà. Descubrí este libro gracias a un grupo de lectura al que me uní en octubre, y este fue el primer libro que comentamos en lectura conjunta. Para mí, si bien en algunos aspectos narrativos aún lo sentí descuidado, significó un golpe de aire fresco, pues no es la historia de un personaje, sino de una montaña, donde tanto hablan los animales como las brujas y la montaña misma. El lenguaje raya en lo poético pero no se torna poetizo, lo que se agradece, y un par de personajes resultan entrañables, si bien no hay mucho de ninguno como para realmente llegar a engancharnos con alguno.

La invasión del pueblo del espíritu, de Juan Pablo Villalobos. Humor y melancolía (el humor se trata de otra cosa?). Un hombre que está a punto de perder su restaurante, una invasión de lejanoorientales (o proximoorientales?), un amigo que necesita dormir a su viejo perro (que se llama Gato), y un hijo que investiga cosas misteriosas en el polo norte son los personajes con los que terminas por encariñarte sí o sí. Una escritura inteligente y desparpajada, entrañable.

Contra los hijos, de Lina Meruane. Un ensayo revelador e iluminador para mí, en el que no me extenderé ahora porque son muchos los subrayados y quisiera darle un post entero, pero a grandes rasgos no es contra los hijos, sino contra una forma muy específica de maternidad, aquella que es impuesta, la que no es libremente decidida, la que se vuelve esclava de los hijos, la que aprisiona y romantiza.

En medio de extrañas víctimas, de Daniel Saldaña París. A decir verdad, esta novela de Saldaña, su debut, me pareció notablemente irritante. A grandes rasgos es la historia de un burócrata retraído y apocado, pero con una gran opinión de sí mismo, que se ve arrastrado a una vida y a una relación que no pidió ni deseó, y sin embargo, tampoco evitó, un matrimonio con una mujer que apenas conoce. Me cae mal el personaje, creo que es un snob, que además deja traslucir el genio y erudición del autor, que está convencido de que su sentido del humor (negro) es lo máximo, súper inteligentísimo e intelectual. Sin embargo, no pude dejarlo. Sin embargo, me interesó hasta el final. Sé que el soliloquio sobre la caca a otros lectores les pudo parecer megamamón, pero yo lo encontré increíblemente divertido, no paré de reír. Y lo que definitivamente me ganó fue el final, esa resolución cíclica de una pregunta necia que surge hacia la mitad de la novela. Creo que es una burla muy fina hacia, precisamente, la intelectualidad, el godinato artístico, la erudición pesada que a nadie le importa más que a quien la posee.

Los que meh

La vaga ambición, de Antonio Ortuño. Llevaba varios años queriendo leer a Ortuño porque sé, dicen, tiene fama de muy buen narrador, con todos los premios habidos y por haber. Quizás empecé con un libro incorrecto porque, primero, huyo de los libros donde el personaje es un escritor que me cuenta sus cuitas de escritor (sin embargo hay ejemplos excelentes de historias sobre escritores que me resultan iluminadoras, como las de Bashevis Singer o las de Danilo Kis, pero es que claro, quién puede compararse con Kis mailob). El caso es que, en efecto, Ortuño es un narrador muy perspicaz, competente, con mucho oficio y muy inteligente, con recursos, lo que ocurre es que, salvo los dos primeros cuentos, en donde se habla de la infancia del narrador (todos los cuentos están narrador por el mismo personaje, lo cual se me hace un poco tramposo, como una novela disfrazada de libro de cuentos, pero bueh), los demás me aburrieron bastante, sobre todo el que, supongo, es su tour de force, “La quinta temporada” o el de “La batalla de Hastings”, donde el escritor tallerista lidia con sus alumnos y mientras trata de poner en orden su matrimonio.

El cuerpo en que nací. Guadalupe Nettel. No le doy importancia al hecho de que esta novela sea autobiográfica, lo que me importa es la historia, y la historia no pasa de ser una más de crecimiento de una personaja que no para de decir (y creerse) que es una outcast a pesar de pertenecer a un sector privilegiado de la sociedad, nada así como una rarita (aunque ella se ve así porque, bueno, todos queremos ser especiales, y ser especial es ser un poco rarito, ¿no?). En todo caso, por momentos es divertida.

Los que nah

Nefando. Este libro no es malo, de hecho el estilo de Mónica Ojeda es alucinante y complejo, sin embargo, la novela es pretenciosa y los personajes se ven opacados por la constante presencia de la autora, doctora o maestra (no sé) en literatura comparada, una eminencia, que en lugar de ponerlos a pensar por sí mismos, les mete unos procesos de pensamiento, razonamiento y de habla iguales o casi entre sí, lo que hace que sin importar su contexto, todos suenen muy similar. Me desagrada ver los andamios tan evidentes, los elementos que están puestos ahí para escandalizar tan adrede (el abuso, los animales destripados, la pederastia), y que le dedique tan pocas páginas en comparación a lo realmente perturbador que es el juego de Nefando en sí. Eso sí, la novela es arriesgada, no tiene nada de tibia, y en eso supera al resto de libros de esta sección.

Lobo. Una novela sobre una estudiante de maestría que va a un pueblo a ser la asistente de su tutora (o algo así), que es una mujer extraña y llena de conflictos (o algo así), pero en realidad es una historia sobre una chica describiendo sus cuitas académicas. Novela con un estilo muy básico. Ya empecé a olvidarla.

Obra negra. Plana. Recuerdos de infancia y adolescencia, novela de crecimiento con una madre enferma, una novela sin riesgo.

Después del invierno. Debe ser sin duda el peor libro de Nettel, lleno de clichés de hueva (una mujer perfectamente olvidable, que tiene por novio a un desahuciado, y que se la pasa deambulando entre los cementerios de París en busca de la tumba de un escritor), con personajes que una, ni fu ni fá, y el otro, abiertamente odioso (abiertamente misógino, puesto ahí para escandalizar, pero que como construcción de personaje resulta más bien tibio). Sé que el próximo año ya no me acordaré de qué trataba.

Me culpo este año de no haber leído todo lo que quería, y quizás también sólo de haber leído narrativa, teniendo la pila de espera librotes de ensayo mirándome ya con rencor.

Y puesto que soy como una abuela que necesita el radio prendido, confieso que este año me enganché no sólo con los podcasts, sino también con los audiolibros. En la aplicación escuché a autores que no habría leído, pero descubrí a otros que, tras escucharlos, corrí a leer en papel. A veces funciona, a veces no, pero los descubrimientos siempre se agradecen.

Cosas extrañas que hice en 2020 y que probablemente no vuelva a hacer

Intentar serigrafiar mis productos de mi marca de tejido (desde los archivos en illustrator, el revelado de mallas, la serigrafía en tela con la asquerosa tinta que se queda por todos lados y ensucia todo y que tardo más tiempo en lavar con químicos especiales que en serigrafiar).

Tomar un cursillo de programación para poder hacer yo misma mi sitio web.

¿Ustedes qué cosas hicieron este año que otro año no habían hecho?

Y bueno, en general, además de lo obvio, ¿de qué se trató 2020 para ustedes?

Los leo.

Escrito por

Leo, tejo y escribo, que es lo mismo. Hablo con los perros, que es mejor.

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