Apuntes y agudezas de la señora Wharton

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ensayo, Escritoras, Escritores, Inglaterra, reseñas

El título de este libro es Construir una novela, de Edith Wharton, y lo publica Olañeta Editor, pero en realidad, el título debió ser Construir una novela (costumbrista inglesa). Hay una cosa en la que los críticos anglosajones destacan, además de su ingenio y la inconfundible ironía británica, y es su excesivo orgullo literario primermundista de lingua franca. Lo hace el señor Bloom en El canon occidental y lo hace, claro que sí, Edith Wharton en esta recopilación de ensayos sobre la escritura de la novela, porque desde las primera páginas, ella toma postura y asegura con todo candor que si los novelistas ingleses el siglo XIX no brillaron más que los franceses o los rusos era por su “reacción contra la verdad y el temor a tratar todos los problemas reales de la comedia y la tragedia humana” que imponía su época, es decir, porque las formas literarias inglesas tenían cierta etiqueta que habría que cumplir si quería uno brillar, pero nunca por falta de genio. Incluso llega a afirmar que, Tólstoi y Stendhal no (necesariamente) eran mejores que Thackeray, sólo que eran rusos y franceses, y ahí (en Francia), la norma no impedía desatarse, y en Rusia, bueno, cuál etiqueta. Pero además, también escribe que todos ellos (los grandes franceses y rusos) están en deuda con Austen y George Eliot, y que el romanticismo francés es deudor del inglés (yo viviendo toda mi vida lectora pensando que todos los romanticismos los debemos en mayor o menor medida a Alemania, caray, donde, según sabía, nació como respuesta a la reforma protestante).

Este tipo de declaraciones, naturalmente, me hicieron pensar en Wharton como una escriñora costumbrista y chauvinista, pero esperen, porque entonces empieza lo bueno, es decir, el verdadero y brillante análisis sobre la escritura literaria.
Wharton divide la novela en tres categorías principales (que, con la perspectiva, naturalmente, ya están superadas, pero vale la pena analizarlas quand même): la novela de costumbres, la novela de personajes o psicológica y la novela de aventuras. Esta última me llama mucho la atención porque, en la actualidad, la novela de aventuras se ha visto relegada al sótano de los subgéneros, donde convive con la negra, la juvenil, la fantástica y otros tantos injustamente malqueridos, y todo por culpa de la industria editorial y las taxonomías académicas, vaya. Sin embargo, también me hace recordar una división (¿dónde la leí? ¿Quignard? ¿Morábito? ¿Manfanelli? Perdón pero no lo recuerdo) sobre dos tipos de narradores arquetípicos: el viajero y el sedentario, o sea, el que va y vive y cuenta, tipo Herodoto y el que se queda a imaginar aventuras. En fin, pero dentro de estas categorías susodichas, Wharton añade otras subdivisiones y remarca que sólo ha incluido a una francesa, Madame Bovary, en la novela psicológica o de personajes, porque pues ni modo que no mencione a Balzac (de hecho lo menciona reiteradamente, así que bueno).

Luego viene la razón por la cual este libro vale mucho la pena, Wharton escribe en qué consiste una buena novela y pone ejemplos. No voy a desglosar ni parafrasear los argumentos de Wharton, sino que voy a poner algunas citas con las cuales una se puede estar un montón de rato reflexionando y debatiendo o asintiendo (a mí me pasó muchas veces), la razón por la cual, fuera de los despropósitos sobre las influencias y los géneros, este librito también contiene lecciones de narrativa.

Pero antes de las citas afortunadas, voy a mencionar otro plus. El ensayo final sobre Proust, sobre todo, tomando en cuenta que Proust y Wharton eran casi contemporáneos, y es muy difícil valorar una obra con agudeza sin ayuda de la perspectiva. A mí me ha pasado varias veces, cuando se habla de clásicos o de obras maestras de la literatura, que todo mundo alaba o menosprecia pero sin muchos argumentos, basados en juicios hechos provenientes de la academia o del mundillo literario donde también se crean opiniones aceptables y no aceptables, por ejemplo, que uno diga que no le gusta Temporada de huracanes, por poner un ejemplo, cuando es “obvio, güey”, que es la novela que México esperaba después de Pedro Páramo. Right (y sí me gusta, pero todo mundo tiene derecho a que no le guste y ya). Yo no he leído En busca del tiempo perdido simplemente porque no he podido pasar de la página 20, porque Proust es un autor egoísta, requiere todo de ti, toma todo de ti, pero también te lo da todo. A Proust, como lector, hay que merecerlo, como le dije a J una vez sobre Cartarescu (eso da para otro post, ¿no?). No te permite que leas cualquier otro libro, tiene que ser sólo él, exige una relación de codependencia porque tampoco te da todo desmenuzado, tienes que querer. No tengo, por lo tanto, un argumento personal para leer o no a Proust, sólo una impresión. Pero el ensayo de Wharton me ha dado unas ganas enormes de, ahora sí, leerme los siete libros de En busca del tiempo perdido, y esta, señoras y señores, es la definición de libro según Bohumil Hrabal: un libro es aquel que abre un camino más allá de sí mismo. A mí, este pequeño recopilado de textos de la Wharton me ha dado ganas de muchas cosas. Está lleno de subrayados y de ideas que me gustaría desarrollar, es decir, es un libro con el que se puede dialogar.

Ahora, a las citas:

La impresión producida por un paisaje, una calle o una casa debería ser siempre para el novelista, un acontecimiento en la historia de un alma.

La verosimilitud es la verdad del arte.

Esta es más bien para debatir, pero tomemos en cuenta que entonces no existía eso de la vanguardia ni la Nouvelle Roman ni la posmodernidad, oigan:

Poco entorpece más que el descuidado hábito de algunos novelistas de andar entrando y saliendo de la mente de sus personajes, y luego súbitamente retirarse a escudriñarlo a fondo desde el exterior.

Es positivo que el lector diga: Esta novela podía ser más larga, pero nunca “No necesitaba ser tan larga”.


El eterno esfuerzo del arte por completar (yo diría conectar) lo que en la vida parece incoherente y fragmentario.

En el ensayo sobre Proust: (sobre la originalidad)

Es tanto la falta de cultura general como de una visión original lo que hace que muchos novelistas jóvenes, tanto en Europa como en América, concede una importancia injustificada a innovaciones triviales. […] sólo la inteligencia cultivada escapa el peligro de considerar como intrínsecamente nuevo lo que puede ser un mero cambio superficial o la inversión de un truco técnico desechado.

De por qué Proust, más que un innovador es un renovador guiado por la tradición.

Nadie más ha llevado tan lejos el análisis de los estados semiconscientes de la mente, las oscuras asociaciones de pensamiento y las gelatinosas fluctuaciones del humor; pero por más detenida y detalladamente que se extienden ello, nunca se pierde en la jungla submarina que va iluminando su linterna.  Nadie más ha llevado tan lejos el análisis de los estados en mi conscientes de la mente, las oscuras asociaciones de pensamiento y las gelatinosas fluctuaciones del humor; pero por más detenida y detalladamente que se extienden ello, nunca se pierde en la jungla submarina que va iluminando su linterna.

La cualidad que los novelistas más grandes tienen en común es la de hacer que sus personajes vivan.

¿No aman que en estas ediciones de antaño diga Marcelo Proust? =:B
Escrito por

Leo, tejo y escribo, que es lo mismo. Hablo con los perros, que es mejor.

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