Gordana Kuic, la lluvia que apagó el fuego

Deja un comentario
Bosnia, Escritoras, novela, reseñas, Tabicones

Imagen de portada: https://lilium-bosniacum.tumblr.com/

A pesar de lo que pueda parecer, pienso que la autobiografía o la novela con base autobiográfica (y bueno ¿acaso no todas lo son en mayor o menor medida?) posee una dificultad que no tiene necesariamente que vencer la novela en tanto trabajo de ficción en su aspecto general: uno tiene que tomar la decisión moral de decir toda la verdad acerca de su gente o de sí mismo.

En mi trabajo de escribir ajeno (ghost writer), me he encontrado con que los clientes, en la mayoría de las ocasiones, lo que quieren es una historia de éxito. Ya lo mencioné en otro post: nadie quiere sacar su mierda, nadie quiere ensuciarse las manos, y claro, ¿por qué querrían contarle sus miserias a una desconocida (o sea yo) para que ella lo ponga en papel. Vaya que lo entiendo, y está bien, cada uno quiere lo que quiere.

El caso es distinto, o creo yo debería serlo, cuando uno vive no de, sino en la literatura, cuando uno hace o trata de hacer literatura.

Se trata del fuego, encontrar el fuego. El fuego no lo puedo describir, sólo puedo reconocerlo cuando lo veo o cuando lo leo. Es ensuciarse las manos, es escribir o leer y no salir indemne. Eso es lo que hace un escritor. Lo que hace un escriñor, en cambio, es redactar una historia autocomplaciente para entretener (ojo, que escribir para entretener no necesariamente está mal, lo malo es lo otro, lo autocomplaciente; eso es lo que hago en mi trabajo de redactar historias a pedido), y entre esos dos extremos está el descritor, un escriba de oficio y formación (incluso académica) que describe una sucesión de acontecimientos pero no llega a narrar. ¿Recuerdan el famoso show don’t tell? Bueno, pues el descritor te lo dice pero no te lo muestra. También le falta el fuego.

Compré el libro de Gordana Kuic El olor de la lluvia en los Balcanes, con mucha ilusión. Esto es lo es lo que encontré:

Lo bueno

La ambientación y los personajes (pero a medias). A mí me interesaba mucho saber cómo era una familia sefardí en los Balcanes durante el siglo pasado. Pero vayamos por partes, la trama, porque esta es indudablemente una novela cuya fuerza está en la trama, es decir, en el primer nivel de lectura, por eso es tan digerible y tan fácil de adaptar a otro soporte como el televisivo (en el cintillo dice que la hicieron serie de televisión, y tuvieron razón, porque la novela parece un guion de tv).

El libro describe la vida y aventuras de cinco hermanas sarajevitas: Riki, Blanki, Klara, Nina y Buka, y su madre Ester. Y bueno, los maridos y el padre y dos hermanos de los que casi no se habla. Pero la heroína de la novela es Blanki, una muchacha obediente (demasiado), inteligente (estudiosa), insegura al principio, pero luego madura y adquiere serenidad, medio boba (perdón, ingenua, que también lo boba se le va quitando con el tiempo) con muchos deseos pero temerosa de disgustar a su familia, por eso hace todo lo que le dicen, hasta que conoce al galán de su vida. Ve cómo se enamoran sus hermanas mayores y sueña con poderse enamorar ella también, y cuando por fin conoce al hombre que le roba el corazón (perdonarán la expresión), se entrega completamente a él y desafía los deseos de su familia de casarla con un buen partido (o sea, que también sea sefardí, de buena familia, correcta reputación y acomodado económicamente).

Riki (Rivka), la menor, es caprichosa, voluble y llena de alegría y vida. Ella se convierte en una bailarina de éxito y su carrera va en ascenso hasta que le detectan una enfermedad en los huesos que la obliga a abandonar los escenarios, volver a su casa y poner un negocio propio. Es luminosa y solitaria, frívola y egoísta pero encantadora.

Klara es fría, hermosa y ambiciosa. Siempre ha querido salir de Sarajevo, que ve como un pueblo donde todo mundo se entera de lo que le pasa al vecino. Un día conoce a un hombre tipo Brad Pitt (porque te lo describen como un tipo con facciones perfectas, la cosa más hermosa del mundo) con quien se casa, se la lleva a París y que, después de tener dos hijos, la abandona.

Nina es modista y es algo así como la intrigosa de la familia, pero también es la más inteligente, la que tiene mentalidad empresarial, tiene una tienda de sombreros que prospera y donde se entera de todos los chismes de Sarajevo. Es ella la que mantiene a la familia. Ocurre un escándalo cuando se enamora de un joven serbio ortodoxo porque ese matrimonio no puede ser, sin embargo, la pareja desafía los chismes y las convenciones y ella se convierte a la ortodoxia y se casan. El marido resulta ser un hombre alegre (o sea, que se la pasa en la cantina) y mujeriego, pero bueno, el matrimonio más o menos ahí va.

Y Buka, la mayor, bueno, de ella no se sabe casi nada, es como la consejera de las otras, tampoco se habla demasiado de los dos hermanos, salvo que uno (Atleta, le llaman) es un bueno para nada que se gasta el dinero de sus hermanas en juergas.

Pero la más importante en el libro es Blanki, quien conoce a Marko Skorac, un tipo serio, honesto y que, bueno, simplemente no se quiere casar. Obviamente, Blanki lo único que quiere en la vida es casarse con él porque está locamente enamorada. Se dejan y vuelven una y otra vez hasta que Blanki acepta lo que él le ofrece, estar con él aunque no sea su esposa y, sobre todo, aunque su familia, la de él y todo Sarajevo desapruebe esta relación.

Aquí está la cuestión: en realidad las hermanas casi todas hacen cosas que desafían las normas de su tiempo y sociedad: Nina al poner un negocio y llevarlo ella misma sin ayuda de un hombre, al convertirse a la ortodoxia para casarse con su hombre; Klara al convertirse al catolicismo para casarse con un hombre al que conoció en dos semanas; Blanki al mantener una abierta relación de “amor libre”, digámoslo, con Marko, aceptar ser, como decían entonces, su amante y no su esposa, ya saben, súper mal visto. Y Riki al dejar a su familia para irse al gran mundo en su carrera de bailarina: los grandes escenarios, Belgrado, París y casi Londres, hasta que tiene que dejar el ballet. Ah, y además es amante de un hombre casado.

Todos estos perfiles dan para un montón, y también los de personajes masculinos como Marko, la pareja de Blanki. Sin embargo, a pesar de que la autora los describe y los describe (ojo, que creo que describir no siempre es narrar), en esas líneas hace falta pulpa literaria. Los conflictos, salvo quizás el de Blanki, están tratados muy por encima y en pocas páginas, no se siente una verdadera perturbación, no hay una real tensión por la desobediencia de las hermanas porque al, el lector sabe que al final todo va a terminar bien o a solucionarse de alguna manera. Lo que podría estar tratado como grandes conflictos sociales no son más que obstáculos en la vida de las hermanas.

Sin embargo, hay un momento en la novela que bien merece ser mencionados porque se acerca a la literatura que yo esperaba encontrar en las más de 700 páginas: cuando Rikki, la bailarina, tiene que huir de Belgrado durante el bombardeo y llegar con sus últimas fuerzas a Sarajevo para reunirse con su familia, y después de eso, tiene que huir a un pueblo solitario, pequeño y sin comodidades para esconderse durante cuatro años en lo que la guerra pasa. A mi juicio, toda esa novela tendría que tratar de esos cuatro años de Rikki, que es lo más interesante que pasa.

Lo malo

¡Cursi! Caray, es que debí imaginarme por el título cuál era el tono de la historia. Sobre todo en lo que se refiere a Blanki. También hay transcripciones enteras de cartas de amor que el amante de Riki, la bailarina, le manda cuando están separados, y son de un cursi que algunas me las salté. La realidad es que, a pesar de que en el subtítulo del libro se lee Una saga sefardí, lo que debería de decir es Historias de amor de unas hermanas sefardíes. Que, ojo, yo pero es que para nada estoy en contra de las historias de amor, si no, tendría que haberme perdido de la mitad de la literatura existente, pero es que la manera en la que están llevadas obedece a una serie televisiva, melosa, digerible y en la que, mientras lees/ves, sabes, como dije, que al final todo va a estar bien, que los personajes van a superarlo todo. No hay una verdadera pérdida salvo las que uno da por naturales, cuando mueren los padres o la hermana mayor. Uno es perfectamente capaz de aceptarlo como parte de la narrativa.

Durante la clase que impartí sobre literatura de Europa del Este, noté la gran ausencia de escritoras en mi bibliografía, de modo que al encontrar este libro, un tabicón de los que me encantan, donde los personajes son cinco hermanas judías sefardíes en Sarajevo, para mí, no había nada que pensar. Tenía que leerlo. Una gran lástima.

Lo feo

El pudor.

Mientras escribo esto caigo en cuenta de que los dos extremos que definen y le dan dimensión a un personaje son la muerte y el sexo (las pulsiones de vida y muerte). No es morbo para nada, pero estos dos factores de un personaje lo configuran, lo arrastran a lugares que él mismo no conocía, le muestran relieves de su espíritu que le dan humanidad, porque ningún personaje bien hecho es sólo una cosa o dos o tres, es muchas cosas y tiene oscuridad y luminosidad. Bueno, pues siendo estas historias de amor, es un hueco notable que pase por los momentos sexuales con elipsis muy básicas como “…y pasaron la noche juntos. Al despertar, Blanki supo que…”.

Blanki esperó me parece que diez o catorce años para estar con Marko, me parece incomprensible que, en ese tiempo, en la novela no se haga alusión a sus deseos sexuales, como si eso fuera algo secundario, que no creo que lo sea. Recuerdo las primeras páginas de El lamento de Portnoy de Philip Roth, donde básicamente se dedica a narrar las muchas y distintas formas en que se masturbaba, en el baño, en la calle, en el salón de clase, debajo de la mesa de comida, etc. No tiene reparos, no tiene pudor, no tiene miedo de incomodar.

Pienso que el único pudor aceptable en la literatura es el de los personajes, no el del autor. El pudor puede ser un rasgo de carácter de un personaje, no un elemento de estilo. El autor debería escribir desnudo y a la intemperie.

Y aquí retomo lo del principio. Creo que la única razón por la que un autor se salta la sexualidad de sus personajes es porque lo que está escribiendo es autobiográfico y no quiere meterse en las recámaras de su madre y de sus hermanas (o tías o abuelas). De aquí lo que decía sobre ensuciarse las manos, porque la señora Kuic no se las ensucia ni tantito, sólo cuenta las aventuras de su familia. Teniendo material, lo desperdicia en historias felices. No tiene el valor de una Vivian Gornick, que no se tienta el corazón al hablar de su madre, o de un Karl Ove Knausgard o de un Thomas Bernhard, que sale enlodado después de sus Relatos autobiográficos, donde como lector sabes que, aunque saldrá vivo, nada va a estar bien.

En la contraportada se compara a Gordana Kuic con Jane Austen entre otras escritoras. La verdad es que yo no soy fan de Austen, pero sí que ella es una autora de una profundidad psicológica y metafórica innegable, vaya, que ella sí narra, no se limita a describir, ella hace literatura, y creo que Kuic lo que hace son tramas para series televisivas con un discurso feminista que no llega a tener suficiente fuerza.

No puedo soportar el pudor de un autor porque yo como lectora le doy todo cuando empiezo a leer: le doy mi confianza, mi tiempo, mi dinero al comprar su libro, mi concentración y mi disposición para fumarme todo lo que me va a contar, y quiero que me lo cuente todo, no que me dé sólo lo que ella considera notable y virtuoso, no sólo los mejores rasgos de sus personajes, y su mejor técnica como escritora. También quiero lo otro. Si yo, como lectora, le doy todo, espero que ella, como escritora, me lo de todo también, o al menos haga el esfuerzo. Porque a veces no se puede, a veces simplemente un escritor es mediocre, y a veces simplemente no se quiere ensuciar las manos. Entiendo lo primero, no hay mucho que hacer, pero lo segundo es imperdonable. Gordana Kuic, aparentemente es muy exitosa allá en las Europas, me da la impresión de que es como la Isabel Allende balcánica. No he leído más novelas que esta, pero no creo hacerlo. La señora Kuic es una descritora que no termina de narrar lo que quiere contar, tan sólo describe pero no alcanza la profundidad que requiere la literatura pura.

Ejemplos de autores de novelas y textos autobiográficos con las manos puercas de lodo: Apegos feroces (Vivian Gornick), Relatos autobiográficos (Thomas Bernhard), los Diarios de Kafka, no sé, la propia Virginia Woolf, Una mujer en Berlín (Anónima). No estoy segura de si la Némirovsky es autobiográfica, pero sin duda hay fuego ahí y es mucho mejor escritora,

Escrito por

Leo, tejo y escribo, que es lo mismo. Hablo con los perros, que es mejor.

¿Qué piensas?

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s