Lecciones aprendidas de Amos Oz: el mal lector

1 comentario
Escritores, Israel, Miscelánea, notas random

Estaba corriendo con mi perra en el parque cuando me llegó el mensaje de J: Se murió Amos Oz. Me detuve, respiré y me puse a pensar en el gran escritor que fue y lo mucho que aún quiero leerlo. ¿De qué murió?, le pregunté. De viejo.

Menos mal. Como Philip Roth, Oz escribió lo que tenía que escribir y nos lo ha dejado. Y por eso, tenemos que estarles por siempre agradecidos.

Quiero hacer mi pequeño homenaje a mi manera y publicar una de las lecciones más valiosas que Oz me enseñó con sus libros: el arte de no preguntar, o mejor dicho, de no preguntarse ciertas cosas.

De cuando Amos Oz nos habla de lo ficticio y de lo biográfico/autobiográfico.

Este es un fragmento de las primeras páginas de Una historia de amor y oscuridad.

¿Qué es autobiográfico y qué es ficticio en mis relatos?

Todo es autobiográfico: si alguna vez escribiera una historia de amor entre la Madre Teresa y Aba Eban, por supuesto sería autobiográfica, aunque no una confesión. Todas las historias que he escrito son autobiográficas, ninguna es una confesión. El mal lector siempre quiere saber, saber al instante ‘qué pasó realmente‘. Cuál es la historia que está detrás del relato, qué pasa, quién está en contra de quién, quién folló con quién realmente. ‘Profesor Nabokov’, preguntó una vez una entrevistadora en directo en la televisión americana, ‘díganos, por favor are you really so hooked on little girls?’

El mal lector, ese que da mucho más valor a una historia cuando está basada en un “hecho de la vida real”, quiere saber qué proporción de esa “vida real” está volcada en una novela y busca la verdad en al vida real, y eso, queridxs, es cagar fuera del perol. La verdad no está en esa proporción, sino en la historia que se narra, no importa si ocurrió o no. ¿Acaso es menos verdadera Cien años de soledad que los Relatos autobiográficos de Thomas Bernhard? Pues no. Hay géneros literarios y periodísticos para los cuales la medida de realidad es necesaria, como la crónica, el testimonio, la confesión, los diarios (entendidos como género literario), pero la novela no está en este espectro. Decía el mismo Oz que la verdadera esencia está en la distancia del libro al lector, no del libro al autor, y el buen lector lo sabe.

Sin embargo, no queda sólo ahí. Un mal lector, es quien busca en los lugares incorrectos. A partir de las palabras de Oz, yo me he tomado el atrevimiento de derivar a mi gusto, ser mucho más inclusiva y menos discriminatoria con mi delimitación del mal lector/espectador, pero que conserva la idea principal de Oz: aquel que hace preguntas irrelevantes, no sobre la realidad, sino la historia misma.

Por ejemplo:

Bueno, pero ¿Deckard es o no un replicante?¿De dónde vienen los xenomorphos de Alien ¿Era Lewis Carroll un pederasta? ¿Existen realmente Macondo o Comala?

El mal lector se queda en la trama y no penetra hasta el núcleo del relato; trata de recorrer el camino del texto al autor y se pregunta si Freud en realidad no tendría mommy issues, pero no llega al núcleo del pensamiento simbólico que el vienés nos hizo el favor de rescatar desde inicios del siglo XX. Al mal lector le cuentan el fuego y es incapaz de imaginárselo si no lo puede ver, y cuando va en busca del fuego, se quema y así mata el relato mediante la visión de la realidad. El mal lector no comprende ni tolera el misterio en su sentido más ritual, es de pensamiento y lectura lineal y morboso, positivista y utilitarista, descarta el pensamiento mágico como supercherías. Pero sobre todo, el mal lector necesita saber definitivamente qué quiso decir el autor, necesita que le desglosen el sentido en pepitas que pueda degustar y sentirse satisfecho porque si no, se indigesta. Por eso Kafka es tan genial y tan maravilloso, Kafka es repelente, impermeable a malos lectores, porque los malos lectores buscan respuestas, y la literatura (Kafka) no hace más que abrir más preguntas. Crea más problemas de los que resuelve, si es que logra resolver algo alguna vez.

Y sí, también concuerdo con Oz cuando dice que todo lo que escribe es autobiográfico, y sin embargo, ni una autobiografía como tal está libre de ficción. Querer medir cuánto de una y de otra hay en un libro es un ejercicio necio. Se llama chisme literario. Y tampoco es que esté mal, sólo que el chisme no es literatura ni es esencia, es chisme.

 Decía Bohumil Hrabal que un verdadero libro es el que abre un camino más allá de sí mismo, y Oz es lo que tiene, verdaderos libros. Libros que lanzan llamaradas y abren caminos y encrucijadas. Luego hablaré sobre el fuego, o como J y yo le llamamos, el fuá (¿se acuerdan del fuá?).

Anuncios
Escrito por

Leo, tejo y escribo, que es lo mismo. Hablo con los perros, que es mejor.

One thought on “Lecciones aprendidas de Amos Oz: el mal lector”

  1. Dorotea Hyde dice:

    Vaya, no me había enterado de la muerte de Amos Oz. He ido a buscar la noticia y he visto que sucedió en plenas fiestas Navideñas y ahí la explicación. Esa época es como un vacío de noticias.

    Aún no he leído nada suyo, es uno de mis eternos pendientes.

    Un saludo.

    Me gusta

¿Qué piensas?

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s