De muertos desenterrados o cuitas de una escritora fantasma

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Miscelánea, notas random

Hola a todos, de nuevo, un año después. Ya saben, perdón y así. Me he propuesto (otra vez) no abandonarlos por tanto tiempo, y es que de verdad este último año hice mil cosas, casi todas mal pagadas o tarde, pero bueno, hay que tragar. También hay que volverse jefa, la verdad, y eso tarda.

A ver, pues resulta, si no saben, les cuento que mi padre falleció cuando yo estaba recién nacida. Cuando uno no conoce al padre, alimenta el vacío de la figura paterna con lo que le cuentan en la familia. Y eso se convierte en un mito. Mi padre, pues, es un mito, un dios familiar. Su figura es intocable. Como mis padres fueron hippies, tal como correspondía a la época, tomaron y fumaron de todo. Una vez se me ocurrió decir frente a mi abuela que mi papá fumaba mariguana y me dejó de hablar una semana porque yo había dicho que su querubín era un mariguano y eso era una falta de respeto a él y a su memoria, pero sobre todo (esto no lo dijo, obvio), al mito que de él se creó en la familia.

Hace un par de días, haciendo la limpieza del clóset, encontré cartas. Cartas de mi padre. Uno de los rasgos de mi padre es que era un muchacho idealista. Él estudió economía porque en ese entonces, los hombres que habían llegado a la presidencia de México eran economistas. Se puso de moda, pues. Pero él lo que quería, como todo idealista, era ayudar a la gente. Para su servicio social se fue a El Carrizal, cerca de Coyuca de Benítez, a trabajar con campesinos. A mi madre la conoció en uno de esos pueblos perdidos de la costa de Guerrero. Y el mito dice que mi abuela odiaba a mi madre por ser pueblerina, que mi padre luchó con garras y dientes por defender esa relación, que mi abuela incluso amenazó con desheredarlo. El mito también dice que mi padre era un hombre sumamente culto, que leía a Nietzsche, que escribía y que tocaba la guitarra, como buen bohemio, que también escribía largas cartas de amor a mi madre.

La carta que encontré data de los tiempos de El Carrizal y está dirigida a mi abuela. Las palabras de mi padre, testimonio real de aquellos años, muestran a un chico hijo de mamá, delicado, visceral y más o menos blando. Se queja de que en un retén los militares querían quitarle su cobija porque era una cobija del ejército y a él no le correspondía llevar algo así (el esposo de mi abuela era militar, así que la cobija mentada era herencia). Luego, mi padre se queja de que no hay mucho que hacer, que la gente es muy cerrada y que ya se quiere regresar porque no aguanta ese lugar. También habla de ir a visitar a mi madre y le dice a mi abuela (mamacita querida) cuánto la extraña. 

Obviamente, la carta no hace juego con la imagen de Che Guevara chilango e iluminado que ha delineado el mito. Dicen por acá que todos los muertos son buenos. Y en el mito, mi padre era un héroe de los derechos humanos, un héroe del 68, un soldado del amor. Y la carta tiene faltas de ortografía (no leía tanto como me dijeron), no tiene un solo acento, muestra a un muchacho que lloriquea. Si yo no fuera escritora, y alguien mandara a hacer una historia de su vida, pedirían que estos detalles quedaran fuera. Y ese es el problema con la escritura fantasma: Que nadie quiere hablar de sus mierdas ni de sus cosas innobles.

El caso es que, como saben, y si no, les cuento que hago un montón de cosas, pero el trabajo al que más tiempo le dedico es a escribir ajeno, soy ghost writer, que le llaman. Mis clientes están ansiosos por contar la historia de su vida (como cualquier persona, supongo), o de la vida de sus padres o alguno de sus seres queridos. La mayoría cuentan historias de cómo vencieron la adversidad o de cómo sufrieron mucho y luego lograron muchas cosas y una bella familia, y a veces son sólo historias de éxito. Las historias de sufrimiento son las más entretenidas porque son lo que más se acerca al camino del héroe. Sólo que, cuando uno escribe ajeno, el cliente prefiere que su héroe se parezca más a la Cenicienta (o a Perzival, el arquetipo del héroe puro y perfecto), que a Aquiles (arrogante, iracundo, poco listo y ambicioso) o a Ulises (mentiroso y astuto). 

Hace poco, investigando en el archivo de relaciones exteriores, encontramos que el padre de uno de los clientes tenía una investigación por posible espionaje (claro que no lo era, pero el hecho de que alguien lo haya denunciado era riquísimo para explotar una subtrama). Nos pareció tan interesante que decidimos meterlo al texto. Al final, el cliente pidió que eso se eliminara porque eso manchaba la imagen de su padre.

Y ese es todo el problema. Nadie quiere manchar a sus muertos. Y sin manchas no hay conflicto. Y sin conflicto, lo que sale es un héroe de telenovela, no de literatura, un héroe al que le pasan cosas (es decir, sin que él sea responsable o tenga la culpa, pierde a su familia, pierde a su mujer, le da alguna enfermedad, era muy pobre y luego hizo fortuna, etc.), y que sólo se responsabiliza por sus talentos. Son personajes que navegan por la vida con sus dolores pero sin culpa, con sus logros pero sin manchas. Son buena gente. Y en la literatura, la buena gente funciona poco o nada. 

Cuando escriba sobre mi padre, me gustaría decir que tenía mala ortografía, que tuvo un hijo antes de casarse con mi madre, al que no reconoció, que todo el tiempo hacía mansplainning a mi madre (en ese entonces, eso qué era, verdad) y la llamaba silvestre de cariño (porque ella era pueblerina y él de la gran ciudad capital). Y eso no cambia nada. Igual es un dios familiar. Igual era mi padre. 

Este año no puse ofrenda. Pero le hago una todos los días cada vez que escribo. 

Feliz día de muertos, oigan, les deseo desde mi escritorio a las cuatro de la madrugada, mientras escucho a Freddy Mercury. 

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Escrito por

Leo, tejo y escribo, que es lo mismo. Hablo con los perros, que es mejor.

One thought on “De muertos desenterrados o cuitas de una escritora fantasma”

  1. Interesante reflexión. Sinceramente al leer disfruto más de los personajes con personalidades más “extremas” o pasados escabrosos, al final eso es lo que alimenta la historia y le da coherencia a sus actos. Pero también creo entender porque no nos pasa lo mismo con nuestras personas cercanas, de algún modo las valoramos y quisiéramos que los otros también les perdonaran lo que nosotros les perdonamos o que nos les importaran los defectos que a nosotros no nos importan de ellos, por eso tratamos de suavizarlo, cambiarlo o incluso omitirlo. Simplemente hay que encontrar un equilibrio entre el adornar y el ser franco.

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