Los faros siempre son el fin del mundo: Jazmina Barrera

2 comentarios
emergentes/contemporáneos, ensayo, Escritoras, México, reseñas

 

El mundo ya no está hecho para la contemplación. Ante el turismo comercial que pretende abarcar todos los lugares en tiempo récord, la ruta del viajante que sigue con paciencia los puntos en un mapa señalados con tachuelas de colores se presenta casi como un acto de rebeldía. El tiempo siempre es distinto para el viajante y para el turista. Y la contemplación es una cuestión de tiempo. Lo mismo que el ensayo. Lo mismo que la melancolía. Lo mismo que el coleccionismo. Lo mismo que el apunte de viaje para quien no se cree la tontería publicitaria de que una imagen dice más que mil palabras.

Cuando un objeto o un lugar que antes parecía perfectamente integrado al sistema de cosas del mundo desaparece o se moderniza, se lleva con él su simbolismo y exhala el aroma apergaminado del mito. Sucedió con los grandes trenes como el Orient Express, que dieron paso a los trenes de alta velocidad, donde la eficacia terminó por anular el tiempo necesario para que aconteciera el relato (La sonata Kreutzer de Tólstoi, Orient Express de Dos Passos o La prosa del transiberiano, el poema de Blaise Cendrars me vienen a la mente). Sucede ahora con los faros, que tienen ese aire de haberse quedado atrapados en una novela decimonónica y que, sin embargo, cargan siglos de historia.

Lo que ha escrito Jazmina Barrera en Cuaderno de faros es una combinación de los elementos antes mencionados. Los seis textos que integran el libro se pueden leer como ensayos de viaje, como crónicas e historias de faros y como diario personal. Los faros, en su infinita mitología, poseen un vasto simbolismo vinculado con cada uno de los elementos que le dan (o le dieron) vida y dictaron su función: la soledad del farero, la locura, la espera, la señal de auxilio, la luz entre la tormenta, la sirena entre la niebla, la posición erguida sobre la roca en medio del mar y apuntando hacia el cielo, su localización en playas remotas y en últimos confines. Podría decirse que todo lo que hay que saber sobre faros se encuentra en los ensayos de Barrera. Y no tiene que ver con la información disponible en los sitios de internet, sino con las obsesiones que vinculan al hombre con la figura del faro.

Cada ensayo lleva por título el nombre o la ubicación de uno. El primero está dedicado al Yaquina Head, en Newport, que, como texto inaugural, narra la fascinación de la autora por las colecciones, el origen de los faros y cómo llegó a amarlos, un amor que rastrea hasta un sueño de infancia. Después transita por el de Jeffrey’s Hook, en Manhattan, el de Montauk Point (que recuerda a Eternal sunshine of the spotless mind), el faro de Goury, en Normandía; el Blackwell, en Roosevelt Island, Nueva York, y finalmente el faro de Tapia, en Asturias. Pero entre las páginas también están el de Alejandría, los cigarros Faros, los faros urbanos y «The well and the lighthouse», la canción de Arcade Fire. Por estas páginas leemos a Julio Verne y Ray Bradbury, a Virginia Woolf y a Walter Scott, David Foster Wallace y Melville, Homero y José Gorostiza, Joseph Brodsky y Robert Louis Stevenson, Poe y Edward Hopper.

A pesar del viaje íntimo que supone el propio libro y de las referencias familiares, lo más atractivo son las ideas que se presentan en un principio y las que concluyen el itinerario. En primer lugar está la encarnación de una reflexión de Michelet que la propia Barrera cita: «La posición de guardián de los mares, de velador constante, hace del faro una persona». El faro como persona o, en sentido inverso, la persona como faro. Barrera cuenta que vive en una isla, en un falso quinto piso de un edificio de ladrillo donde casi no pega la luz, y la que llega es semejante a la de un día nublado; además, Jazmina no sale más que de noche y a visitar faros. Una lenta transformación opera en la escritora, que dice: «me siento tan cuerda que debo estar enloqueciendo». Pero al final, en el ensayo sobre el faro de Tapia, hay una confesión de imposibilidad. La autora quiere escribir un diario de viaje pero no sabe cómo (prefiere escribir un cuaderno de faros), y se resigna a tener por siempre una colección de faros inconclusa, porque toda colección lo es, debe serlo, porque lo que importa no son los objetos, sino el verbo coleccionar.

Cuaderno de faros es un tributo al tiempo de la espera, al arte de la contemplación. Es un réquiem adelantado por las ruinas futuras.

Anuncios
Escrito por

Me gusta la literatura y escribo. Me llamo Aura.

2 thoughts on “Los faros siempre son el fin del mundo: Jazmina Barrera”

¿Qué piensas?

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s