19S: Tu casa es una nube de polvo

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crónica

 

Fotos: EFE

He abandonado este blog por más tiempo del que me gustaría. El pretexto es el demasiado trabajo, las muchas deudas y el escaso tiempo. Este es un blog dedicado a la literatura, sin embargo, me parece necesario decir y escribir y manifestar de cualquier manera lo que sentimos después de lo que acaba de ocurrir en México. Yo, al menos, no he pensado en otra cosa. Y sé que los demás tampoco.

J. y yo somos freelancers, por lo general trabajamos en casa, cada quien en su estudio, con nuestras dos perras haciendo rondines entre la sala, la recámara y los estudios. J. recuerda bien el sismo de 1985, y es algo que, de cierto modo, nunca superó. Vivimos en la colonia Roma. Hace 32 años, él estaba en el mismo departamento donde ahora vivimos los dos. Cada vez que pasa un camión pesado por avenida Medellín, se levanta de un salto y corre a mi estudio a preguntarme si está temblando. No, sólo se está cimbrando, le digo yo la mayoría de las veces. Y yo, que no recuerdo el 85 porque era demasiado pequeña, no tenía registrado ese tipo de terror. Recuerdo temblores que me tocaron hace bastantes años, uno oscilatorio cuando estaba en secundaria, otro trepidatorio en Guerrero años después, pero ninguno, ninguno como este.

Soy de las personas que tratan de conservar la calma en situaciones de desastre. Soy de las personas que tranquilizan a quienes pierden los nervios. Soy de las personas que piensan que, al final, vamos a estar bien.

El 7 de septiembre sentí terror por primera vez. El cerebro no alcanza a comprender inmediatamente lo que ocurre en ese momento, lo único que quieres es correr. La alarma sísmica sonó con tiempo suficiente para ponerle la correa a las perras y bajar corriendo. Porque lo primero en lo que pensamos es en ellas, en las perras. Estábamos en la calle cuando vimos las famosas luces azules, después supimos que era la energía de las placas tectónicas al impactar entre sí. Voy a hacer la maleta de temblores, lo prometo, le dije a J. No la hice, por el trabajo, por olvido o por cualquier otra cosa. Después de todo, pensé, septiembre es un mes fatídico para nosotros, cualquier mexicano lo sabe, aquel temblor de la secundaria también fue en septiembre, y con el del 7, este año, ya teníamos cubierta la cuota. ¿Cuáles eran las probabilidades de que tuviéramos otro sismo importante en el mismo mes? Luego hago la maleta. Lo más seguro es que no la necesitemos pronto.

El martes 19, J. me recordó en la mañana que habría un simulacro. Ah, lo hacen cada 19 de septiembre, ¿no? La alarma sísmica sonó, pero se oía lejos de nuestro departamento. En el momento no recordé que era un simulacro, entonces fui yo quien saltó y corrió a su estudio para preguntarle si estaba temblando. Me miró con los ojos que pone cuando cree que no lo escucho. Ah, el simulacro, le dije. ¿Tenemos que bajar?, le pregunté. No creo. No, más bien no.

Y dos horas después, ya todos sabemos qué pasó.

Quienes vivimos cerca de avenidas grandes como Medellín, estamos habituados a pensar, quizá como defensa, que un ligero temblor no es más que el camión que pasa. Eso pensé al principio. Pero ya duraba demasiado para ser sólo eso, así que me levanté, otra vez, y le grité a J. que, ahora sí, estaba temblando. Dijeron que la alarma sonó durante el sismo, pero nosotros no la escuchamos. Así que hicimos lo de siempre, agarramos a las perras y bajamos las escaleras. Pero bajar las escaleras era como estar caminando sobre un columpio, no sabíamos si se iban a caer o si debíamos intentar bajar. Las perras se adelantaron y al final alcanzamos la planta baja. Escuchamos los gritos de la vecina del primer piso, y lo que gritaba era: ¡Jack! ¡Jack!, el nombre de su perro. Nuestro edificio tiene tres puertas: una reja de metal, una puerta de vidrio a la que hay que darle doble vuelta, y la de la cochera. J. llevaba las llaves, yo olvidé agarrar las mías, pero no logró dar las dos vueltas a la puerta, así que golpeó el cristal con los pies enfundados en sus crocs. El vidrio se rompió pero era obvio que no podíamos salir por ahí. Era obvio pero lo obvio no es lo primero en lo que uno piensa. Pudo haberse rebanado el pie pero no le pasó nada. Nos refugiamos en la cochera. No sabíamos qué más hacer. Nos pegamos al coche del vecino, nos abrazamos, J. abrazó a la border collie con una mano y con la otra se agarró a mis piernas. Yo estaba temblando, apenas podía mantenerme de pie; con una mano lo abrazaba a él y con la otra sostenía a Alubia, la perra mestiza amarilla.

Llegó la vecina con su perro en brazos. Esperamos a que terminara el sismo y ella abrió la puerta de la cochera. Sólo entonces pudimos salir a la calle.

Esta vez no vimos luces en el cielo, esta vez escuchamos los derrumbes a unas cuadras de nosotros, el estruendo de las edificaciones, una explosión tres calles adelante. Las nubes de polvo pasando el viaducto. El sonido es lo que nunca olvidaremos, la sorda vibración del concreto derrumbándose, de las vidas de la gente golpeando el pavimento.

Nuestro edificio, igual que en 1985, aguantó con unos cuantos rasguños. Desgraciadamente, hubo muchos otros que no. Mi madre y mi hermana viven en la Condesa. Traté de comunicarme con ellas pero no había señal. En una hora recibí un mensaje cuando el servicio tuvo un minuto de recepción. Estaban bien, la casa estaba bien, pero la colonia estaba hecha mierda. J. fue a Viaducto y Torreón a levantar escombros, yo fui a revisar los edificios de la zona y avisarle a gente de Twitter si había daños y dónde. También a ver si encontraba algún perro perdido, encontré uno. Entre los vecinos lo entregamos a la dueña, que había estado preguntando con toda la gente que andaba por ahí.

Cuando mi madre me contaba del 85, siempre hacía hincapié, como todos, en la solidaridad de la sociedad civil mexicana, en cómo estuvieron trabajando sin descanso, día y noche, durante semanas, para sacar a gente con vida, o sólo gente, animales. El sismo de 1985 es para México un referente generacional. Nunca me he sentido particularmente orgullosa de ser mexicana porque me parece como alardear de que tengo el pelo rizado o de que mis ojos son grandes. Sólo estos días, la reacción de los mexicanos me ha hecho sentir que esta gente es especial, y que, en medio de la desgracia, soy inmerecidamente afortunada de atestiguar y participar en una sociedad que lucha por todos los medios, con palas y cubetas, con lámparas y martillos, con topos y perros, con ropa, botas, cobijas, dinero, sándwiches, agua, latas de atún, de frijoles, paquetes de lentejas, de arroz, con vallas humanas y hashtags, albergues y lonas, con camiones, coches, bicicletas y motocicletas, contra la muerte, por encontrar a alguien con vida.

Mi hermana, diez años menor que yo, y que pertenece a la tan vapuleada generación millennial, de quien se dijo que no tenía un objetivo específico en la vida o que muchos llamaron la generación perdida, estaba a la mitad de una endodoncia cuando la sorprendió el sismo. Se salió con la muela pelada y así, con dolor y todo, se puso a juntar víveres para Morelos, a ordenarlos, se fue a Tlalpan a sacar escombros y a reunir alimentos y agua en el Parque España, a buscar y cuidar perros heridos o extraviados (ella estudió veterinaria y es, de hecho, cuidadora de perros).

Y las dos sentimos que nuestras vidas son poco útiles. Yo, porque dejé la carrera de arquitectura para cambiarme a letras, algo que de muy poco sirve para ayudar a alguien a lo que sea; si hubiera terminado, al menos podría dictaminar edificios. Y ella lamenta haber abandonar veterinaria por idiomas. Tengo dos perras y ninguna puede rescatar a nadie porque no las entrenamos para nada. ¿Cómo podemos dormir tranquilas sabiendo que hay gente que perdió su hogar en menos de un minuto?

Se hizo mucho énfasis, durante los primeros días, en la colaboración entre civiles y ejército. J. me contó que, mientras recogían escombros en Viaducto, no hubo una verdadera organización hasta que llegaron los militares y, con la voz firme y segura de quien está acostumbrado a emitir y a seguir órdenes, les dijeron dónde colocarse y qué hacer para poder agilizar el trabajo. En estos momentos, creo, lo que menos importa es quién lleve la ayuda a quienes resultaron afectados, a quienes perdieron su casa, a su familia: lo único que importa es que llegue, pero que llegue a tiempo, y esto es vital. Tampoco importa que quien salve una vida sea un militar, un policía, un brigadista, un rescatista o un perro. El problema, claramente, es cuando la ayuda no es un objetivo, sino un medio para ganar poder, votos, credibilidad, rating o cualquier otra cosa que no sea una vida. Esa es, en pocas palabras, la diferencia entre los esfuerzos de la sociedad civil y el lamentable trabajo del gobierno, la televisora que todos ustedes saben, y de los partidos políticos, que sólo actúan bajo la presión mediática para hacer lo que, de oficio, tendrían que hacer sin que el ciudadano se los demandara. Y tardaron, los partidos, tardaron dos o tres días en decir que nos harían el favor de ayudar con un poco del dinerito que les damos con nuestros impuestos. Luego está lo que hizo el gobierno de Michoacán, lo que hizo el de Morelos, lo que han estado haciendo los saqueadores, los delincuentes inmobiliarios que engordan sus cuentas bancarias a costa de la vida de la gente, las condiciones de construcción de la escuela Rébsamen, las irregularidades del rescate en la fábrica de textiles de Chimalpopoca y las condiciones de trabajo de las empleadas, están los militares con armas, el enaltecimiento innecesario del ejército mediante el himno nacional tras un rescate, en fin.

Existe una fractura incurable entre la sociedad civil y las instituciones. En esta fecha aciaga, sabemos cuáles son nuestras prioridades y las prioridades de los que dicen que son nuestros servidores públicos. Las dos Fridas que aparecieron en días pasados representan a estos dos sectores: la Frida Sofía que es un personaje de telenovela apoyado por quienes aprovechan y exprimen el desastre, y la Frida de cuatro patas que, aunque es una perra del equipo de la Marina, encarna las esperanzas y el trabajo de los civiles, la hemos convertido en nuestro símbolo.

No volveremos a pasar por alto un 19 de septiembre en lo que nos resta de vida. Y tendremos que recordar, cada día, desde ahora, el poder que tenemos (y que creo, sospechábamos que teníamos desde antes) como ciudadanos y como seres humanos para generar un cambio, para reconstruir un país tan herido por quienes se supone que deben cuidarlo. Si el 19S no nos ha hecho aunque sea un poco menos egoístas, no sé qué lo hará.

 

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Me gusta la literatura y escribo. Me llamo Aura.

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