Fui a a Comala a decir unos cuentos

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crónica, notas random

Sí, iba a empezar este post con el consabido “Vine a Comala porque me dijeron que…”, pero eso lo hacen todos, de modo que me limitaré a contar con mis humildes palabras qué demonios fui a hacer a Comala.

Como ya toooodo mundo sabe, Comala es la capital de la república del cuento. Y si no lo es, es que algo hemos estado haciendo muy mal, por lo que desde ahora, al menos, debería serlo. Comala es un pueblo de casas blancas, donde la gente aún se sienta en la puerta para ver pasar la tarde. Las calles son limpias y empedradas, y siguiendo una de las avenidas principales, se puede ver de frente el volcán de Colima. El cielo está despejado y el verde de la vegetación circundante florece entre los caminos de casas con portales de madera, museos, posadas y restaurantes. A las seis de la tarde, el pan sale de La Guadalupana y la calle se llena del olor característico de los picones, la gente se arremolina para llevarse una pieza. En Comala se vende ponche de varias frutas, sal de mar, cervezas artesanales (una de ellas se llama Páramo) y mezcal de la casa, que se puede probar en el bar Comalala. El ritmo de vida es sosegado, las ventanas permanecen abiertas, no existe ese ruido demencial que ahoga a un monstruo como la Ciudad de México. En otras palabras, es un paraíso y un respiro de paz para las personas amargadas y neuróticas como yo, aunque Omar Delgado diga que en el centro de mi neurosis hay un chiclocentro dulce y suavecito (como todos los chiclocentros, pues, verdad).

Del 6 al 8 de octubre se llevó a cabo en Comala, a escasos diez minutos de la ciudad de Colima, un encuentro literario histórico y, me atrevo a decir, sin precedentes. Durante esos días un puñado de escritores consagrados al cuento se reunieron con lectores para hablar de eso, del cuento y para leer algunas de sus piezas. El encuentro Cuento en Comala  fue organizado gracias al esfuerzo e iniciativa del escritor Luis Felipe Lomelí (de quien ya he hablado en este blog) y del también escritor Valentín Chantaca. Lo que salió de Comala es algo que difícilmente olvidaremos todos los que tuvimos el honor de estar ahí. Entre mesas de discusión, lecturas y confesiones (Jaime Panqueva: Soy más simple que una galleta de animalitos), pudimos entablar un verdadero diálogo entre nosotros y con el público sobre la relevancia del cuento en México y más allá, en todo el continente, si tomamos en cuenta que el cuento en América (toda la América) es lo que la Bildungsroman en Alemania o la novela romántica en Francia (aunque el romanticismo sea de raíz puramente germánica, no se entiende la literatura gala sin Victor Hugo o Dumas). América ha sido uno de los grandes semilleros y exportadores del cuento, y Comala es, simbólicamente, literariamente, la Meca del género.

En una de esas mesas, Edson Lechuga comentó que Lomelí le contó que José Agustín le había dicho que Arreola decía que había tres estratos o niveles de lectura dentro del relato. El primero es el de la anécdota o trama; el segundo, la postura o el conflicto moral del autor, y el tercero, el más profundo, el que hace a los grandes cuentistas, el nivel metafísico. En una mesa siguiente, Eduardo Antonio Parra mencionaba que ese último nivel, más que metafísico, pertenecía a lo sagrado. Yo siempre he identificado ese nivel profundo con lo simbólico. Ese nivel último es el que todos, como cuentistas, aspiramos tocar.

Quiero manifestar la relevancia de este tipo de encuentros, no sólo para una persona como yo, que sale poco y no hace “vida de escritora”, que le llaman (lo que quiera que eso signifique), sino para todos los que convergemos en este tipo de espacios: lectores, estudiantes, habitantes de la ciudad, académicos, etc. Me parece necesario, en una época donde la novela parece haber adquirido el nivel de género principal, abrir un diálogo sobre un género que en realidad fue el primero de todos, antes que la lírica, tan antiguo como el tiempo en que los hombres se reunían alrededor de una fogata para contar historias.

Después de esos días, después del diálogo, de las nuevas amistades, no me queda más que agradecer profundamente por el entusiasmo con el que fuimos invitados y recibidos, y confiar en que cada año el diálogo siga extendiéndose.

P.D. Según la wikipedia, “los perros cebados que aparecen como soportes custodios [en el escudo del estado de Colima], simbolizan la cerámica precolombina que se elaboró en la entidad y están estrechamente relacionados con el sincretismo religioso de los antiguos pobladores de la región”, pero, cuando llegué a Comala y vi tantos perros como estandartes y símbolos del estado y del municipio por todos lados, yo sólo pude pensar que se debían al cuento de Rulfo “¿No oyes ladrar a los perros?”, y prefiero quedarme con esta interpretación.

Watchdog on duty,laudly barkling

 

 

 

 

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Me gusta la literatura y escribo. Me llamo Aura.

2 thoughts on “Fui a a Comala a decir unos cuentos”

  1. Hola, estimada mecanógrafa:
    Sigo tu blog con la misma regularidad con que publicas. Lo que más me interesa es cuando hablas de escritores que nunca he leído o tan siquiera escuchado mencionar.
    De esta entrada en particular me gustó mucho la descripción que haces de Comala (intentaré guardar esas líneas en mi memoria). También me llamó la atención que Comala sea la capital del cuento, porque se trata del epicentro de una novela corta y no de un cuento. No se me viene a la mente en este momento, ¿pero conoces algún cuento de Rulfo que se desarrolle en Comala?
    Un saludo y muchas gracias por compartir tus escritos.
    David.

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    • ¡Hola, David! Muchas gracias por pasar por aquí. Tienes razón en lo que dices sobre Comala y la novela, aunque se supone que la mayoría de los cuentos de El llano en llamas ocurren también en Comala (aunque no se menciona), con excepción explícita de Luvina o Talpa. Y aquí he de confesar que Comala, en mi geografía emocional, abarca toda la obra de Rulfo, por eso, quizás, de manera un poco arbitraria, relaciono indistintamente los cuentos con el lugar, totalmente simbólico, de Comala (que en la vida real no se parece al descrito por Rulfo). Y bueno, me pareció excepcional que un encuentro de cuentistas se llevara a cabo precisamente en uno de los pueblos literarios más icónicos dentro de las letras latinoamericanas.

      Un abrazo grande,

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