Nellie Campobello

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cuentos, Escritoras, México, reseñas

Bueno, pues antes que nada debo decir que Nellie Campobello no es una completa desconocida, y últimamente gracias a un (tímido, a mi parecer) digamos, rescate literario que se ha dado de un tiempo para acá por parte de la crítica mexicana, y sobre todo, gracias a escritores bien posicionados. Lo que ocurre con Campobello es que no es una autora canónica, es decir que probablemente mencionen primero a Amparo Dávila, a Rosario Castellanos o a Inés Arredondo antes de que salga a relucir el nombre de Nellie Campobello, a quien, además, se asocia con la novela de la Revolución cuando lo que escribió ni es novela ni es de la Revolución (en un sentido literario, porque en el temático sí, y de la Revolución del norte, la de los villistas a morir, que claramente no es la misma que la de los zapatistas, los carrancistas o la de los maderistas, etc).

Ya mi abuela me contaba de los pillajes que armaban los villistas por donde pasaban, y un amigo de Torreón confesaba el antivillismo que le corría por la sangre porque los bandidos le mataron familia a sus abuelos. Eso se sabe ahora y se sabía entonces, razón por la cual la línea institucional revolucionaria de la primera mitad del siglo XX mexicano no viera con buenos ojos lo que se consideró como un abanderamiento del villismo por parte de Campobello, quien idealizó la figura del caudillo hasta darle el lugar simbólico de padre, ya que el suyo había muerto en la batalla de Ojinaga (según ella, aunque después se descubrió que había cruzado a Estados Unidos y formado otra familia, en fin).

Nellie Campobello nació en Villa Ocampo, Durango, y se llamaba Francisca Moya Luna. Creció en Parral, Chihuahua con su hermana Gloria y su madre y tiempo después se trasladó con su hermana al DF. Cartucho se publicó en 1931, y después de dos libros de poemas, más bien ingenuos y bucólicos, por no decir bastantes medianos, que le sirvieron como preparación para la que sería su gran obra.

En realidad no han sido muchos los que se han atrevido a sostener la idea de que Cartucho fue una piedra angular de la literatura mexicana y más aún, una influencia para lo que vendría después: la obra de Rulfo; y los pocos que lo hicieron, si bien de una manera firme, fue con menos contundencia de la necesaria. Nellie Campobello, como Juan Rulfo veinte años más tarde, deseaba escribir como se hablaba,[…] hoy nos es dado situar a Nellie Campobello como un peldaño vigoroso para la aparición de las voces que renovarían nuestra literatura a partir de los años cincuenta.

Cartucho es una colección de momentos que integran una cosmovisión íntima y reconstruyen el mundo para siempre perdido de la infancia. En cada uno de los pequeños relatos que conforman el libro existe una apropiación lírica de la violencia como espacio vital. La narradora ficticia es una niña de aproximadamente nueve años que cuenta, con la mayor fidelidad posible a la memoria de la escritora adulta, ciertos episodios de la lucha en el norte de país. Es un libro asombroso porque no hay nada semejante en esos años en México. Pero la novedad, lo sabemos, no es sinónimo de calidad per se. Podría ser un excelente ejemplo de la novela de la revolución, excepto porque no es novela. Lauro Zavala anota que Cartucho y La feria, de Arreola, son precursores canónicos de la minificción en México, sólo que Cartucho tampoco es un libro de ficciones, sino de cuadros autobiográficos. Además de que la portentosa obra de Arreola no surge sino hasta el 63. La novela revolucionaria en México describía a la gente que había participado en la lucha armada, los caudillos, los campesinos y sus mujeres, o simplemente “la bola”. Otras eran una crítica a ciertas situaciones o personajes. Para Nellie Campobello cada uno de aquellos que integraban la bola, tenía un nombre, o más bien un sobrenombre: Kirilí, el mismo Cartucho, pero son alguien. Paradójicamente, ninguno de estos hombres tiene una psicología definida ni un pasado que lo determine; son hombres que están a un paso de la muerte, por lo tanto tampoco tienen futuro, elemento éste de la literatura postmoderna. Lo único que poseen son  rasgos físicos y una historia que alguien más se encarga de contar. Cada uno de ellos es importante en lo efímero de su relato, son la figura central de una postal vista por una niña.

Como escribió Margo Glanz, “el texto sintetiza enormemente y apenas menciona lo necesario para que el lector pueda rellenar los huecos, un texto escrito con palabras y con silencios, con una puntuación certera, adecuada, semejante al impacto de una bala inserta en un cartucho. En efecto, el texto tiene una magnífica sonoridad, la sonoridad que suele tener la poesía: reproduce el sonido de las balas cuando se disparan.” El lenguaje de Cartucho también es una propuesta audaz. Azuela se había dado a la tarea de copiar con la mayor fidelidad el habla del pueblo, con todas sus modificaciones y regionalismos. El resultado es una novela en la que cada párrafo nos remite a la nota al pie para comprender el uso de tal o cual término en aquellos años y en ese contexto. Un libro fundador pero perecedero. Campobello buscó también reproducir la oralidad, pero ella lo hizo mediante la construcción de las oraciones, por ejemplo: “A mí me parecía maravilloso ver tanto soldado. Hombres a caballo con muchas cartucheras, rifles, ametralladoras; todos buscando la misma cosa: comida. Estaban enfermos de la carne sin sal; iban a perseguir a Villa a la sierra y querían ir comidos de frijoles o de algo que estuviera cocido.” Sólo Rulfo llevaría la lengua oral a su máximo lirismo dos décadas después. Jorge Aguilar Mora escribió que “Cartucho está justamente en todos esos vértices críticos de nuestro discurso histórico-literario: es quizá el libro más extraordinario  donde se funden –sin solución de continuidad- la singularidad autobiográfica, el anonimato popular, la relación histórica, la transparencia literaria, la crónica familiar.”

***

Datos morbosos sobre la biografía de Campobello:

  • Su madre, Rafaela Luna, y su padre, Jesús Felipe Moya Luna, eran tía y sobrino.
  • Nunca se casó.
  • Era, además, bailarina profesional. La Escuela Nacional de Danza lleva su nombre.
  • Durante los últimos 13 años de su vida estuvo secuestrada y nadie supo nada de ella. Encontraron su tumba en 1993.
  • Ella aseguraba haber nacido en 1909, pero en su acta de nacimiento consta que nació en 1900.

Para terminar, quiero exaltar la obra de Campobello, o más bien de Cartucho, como una literatura que trasciende la llamada narrativa de la Revolución. No sólo porque su prosa literaria es, a mi juicio, superior (por mucho) a obras clásicas de esta línea como Los de abajo y La sombra del caudillo, sino porque la búsqueda estética, la meticulosa elección del lenguaje, la elaboración de las imágenes y metáforas, en otras palabras, la literatura, no está sometida al testimonio histórico, si bien Campobello aclara que ella sólo escribió lo que vivió, y no hay manera posible ni deseable de escapar al tiempo y las revueltas que le tocó vivir. Dicho de otro modo, al margen de la intención de Campobello, Cartucho no es un libro realista. No porque no muestra una determinada realidad, sino porque lo que llaman literatura realista se concibe como un reflejo (lo cual, también según mi opinión, es erróneo), y Campobello no refleja: interpreta, y toda interpretación es subjetiva, unidireccional, no busca ajustar cuentas con la historia; quizás sólo con sus recuerdos, con la infancia.

Aquí un enlace a su maravilloso Cartucho.

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Escrito por

Me gusta la literatura y escribo. Me llamo Aura.

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