Gregor von Rezzori, extranjero profesional

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Austria, Escritores, Imperio Austrohúngaro

Confieso sin pudor que amo los novelones. Si las novelas cada vez tienden a ser más breves (sin que eso signifique un demérito necesariamente), es quizás porque la atención del lector también lo es. O peor, la del escritor. No sé cuáles sean las causas, pero entre tanta novela flaca, siempre me causa placer encontrar un novelón gordo a la usanza del siglo XIX. Anagrama tuvo a bien reeditar, entre muchas, dos obras que desde hace mucho eran inconseguibles y, según yo, imprescindibles. La primera es La perorata del apestado y Argos el ciego, de Gesualdo Bufalino, y la otra es La gran trilogía de Gregor von Rezzori. Al mismo tiempo, he notado que algunas revistas le ponen cada vez atención y rescatan la obra de Von Rezzori, lo cual me hace saltar de alegría y frotarme las manos sólo de pensar que vendrán más libros de él. Además, la editorial Sexto Piso publicó Edipo en Stalingrado y Sobre el acantilado y otros cuentos de Von Rezzori, y no tengo manera de agradecer este estupendo rescate.

Las fronteras de la escritura autobiográfica son tan proteicas como aquellas de los imperios del siglo pasado. Desde la elegía por el Mundo de ayer de Zweig, hasta la denuncia del terror inconcebible en Archipiélago Gulag de Solzhenitsyn; los libros de memorias se tornan ensayos líricos —En la belleza ajena de Zagajewski— o novelas —Sin destino de Kertész—. Son también, en el caso de Gregor von Rezzori, invención de leyendas que colman el espacio donde antes persistía una estructura de valores momificados.

Gregor von Rezzori (1914-1998) nació en Chernovitz, capital de la Bucovina habsbúrgica antes de convertirse en provincia rumana, en satélite soviético y finalmente, en parte de Ucrania. Creció entre los espasmos de una época desahuciada y el violento aullido de los nuevos estados nacionales que, irónicamente, dejaron a millones de personas sin patria. “Extranjero profesional” se denominaba a sí mismo von Rezzori, escribe Claudio Magris en el prólogo a la Gran trilogía (Anagrama, 2009), integrada, según el propio autor, por una novela y dos libros de memorias: Un armiño en Chernopol, Memorias de un antisemita y Flores en la nieve.

Más allá de una burda polarización entre lo real y lo ficticio, la Gran Trilogía revela, en el nivel más íntimo, la lucha contra la impotencia de no pertenecer a ningún gran relato; la confesión de haberse inventado una mitología para satisfacer la necesidad de autorrepresentación en el mundo. En Un armiño en Chernopol, von Rezzori describe la infancia como el “mito de nosotros mismos”, por lo que “todo encuentro con ella tiene el carácter de lo numinoso”. En esta evocación apócrifa disfrazada de novela de crecimiento, el “entrar en la vida” consiste en descubrir un mundo ya extinto, donde, sin embargo, todavía abundan personajes expulsados del viejo orden: un héroe con virtudes decimonónicas, una madre que padece bovarismo exacerbado, un genio de la poesía internado en el manicomio, un villano arrojado de los bosques tenebrosos que rodean la pequeña ciudad fronteriza.

Hay realidades, escribe el autor, que están más acá y más allá de nuestra realidad, que por ser la única que conocemos, nos parece la única que existe. Los libros de la Trilogía encarnan otras tantas visiones de la misma; ficciones en cuanto a su carácter mitológico, pero donde todo mito es real porque es la única forma de enunciar aquella inexpresabilidad oculta tras un escenario que se parece más a un decorado de opereta que a un mundo auténtico. Ya en el último capítulo de Memorias de un antisemita —titulado Pravda, “verdad” en ruso—,  el autor declara que los cuatro anteriores eran una fábula.

Skuchno, “palabra que denota algo más que un intenso aburrimiento, un vacío espiritual”, es el principio fundamental de esta voz recreada, circunstancia en que se reproduce un antisemitismo adquirido por imitación. Skuchno es el tedio que no distingue entre los recuerdos propios y los ajenos, donde sólo cabe erigir la continuación de un idilio interrumpido por la historia.

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Escrito por

Me gusta la literatura y escribo. Me llamo Aura.

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