Zbigniew Herbert

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Escritores, Polonia

Entre moralistas, amantes decepcionados, esclavos de la historia y trovadores, las voces que se alzaron desde Polonia durante la segunda mitad del siglo xx poseen, quizás más que el resto de Europa oriental, el registro más polícromo y convulso de las naciones que experimentaron el terror. Zbigniew Herbert, que no perteneció a ninguna de las anteriores categorías, planteadas por Milosz en El Pensamiento Cautivo, tuvo, sin embargo, un poco de cada una.

Herbert (1924-1998) nació en la ciudad de Lvov, capital de la Galizia polaca durante los días imperiales; hoy parte de Ucrania, y ciudad natal de escritores como Adam Zagajewski y Andrzej Stasiuk. Atrapado entre turbulencias históricas y una geopolítica siempre conflictiva, Herbert completó sus estudios en Economía, Derecho y Filosofía. El autor de Naturaleza muerta con brida estaba consciente de las restricciones a las que debían ceñirse los escritores alineados, de manera que, salvo algunos poemas publicados en revistas, escribió durante muchos años para el cajón. Sólo hasta el Deshielo comenzó a publicar los textos acumulados.

En el “basurero de la historia”, como Stalin llamaba a Polonia, los contrastes entre cenizas y diamantes se entretejían en la misma urdimbre. Así la obra de Herbert, que revela una inteligencia extraordinaria, además de una sutil sensibilidad. En Un bárbaro en el jardín, libro de ensayos con el que alcanzó proyección internacional, Herbert propone una serie de viajes a ciudades francesas e italianas. La transparencia de su prosa torna dichos ensayos en recorridos históricos mezclados con crítica de arte. Cada rescoldo, cada color, es objeto de una contemplación apasionada, equilibrada amalgama de conocimiento e intuición. Desde las pinturas rupestres de Lascaux hasta las piedras de las catedrales góticas, todo habla a quien sabe escuchar.

Herbert manifestó su postura política mediante el verso. Los poemas de Informe desde la ciudad sitiada, tienen algo de parábola, de sabiduría popular, de historias narradas por los clásicos grecolatinos y de anécdotas de la vida cotidiana. Hay ecos tanto de Tucídides como de Cavafis, de Livio o de Sienkiewicz. Don Cogito, su célebre alter ego, manifiesta opiniones sobre la nota roja y sobre el dragón de San Jorge; sobre la postura erguida —los ciudadanos/ no quieren defenderse/ asisten a acelerados cursillos/ de genuflexión—y sobre el infierno —Belcebú apoya el arte. Asegura a sus artistas paz, buena pitanza y estricto aislamiento de la vida infernal.

Más allá de devociones y displicencias, la obra de Herbert es resultado de un compromiso vital con la memoria. Milosz, que había escrito un poema en el que se preguntaba qué tipo de poesía era aquella que no salvaba pueblos, consideraba a su contemporáneo demasiado patriótico, motivo por el cual se alejaron.

                 Escribió Herbert que la pérdida de memoria de una nación, era también la pérdida de conciencia. No obstante sus diferencias, Milosz declaró una vez: “En rigor, Herbert es el poeta número uno de Polonia.”

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Escrito por

Me gusta la literatura y escribo. Me llamo Aura.

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