Ivan Klíma

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Escritores, República Checa

Imaginemos, escribe Timothy Garton Ash, a un crítico teatral al que de repente se le saca de su asiento para que actúe en la obra que iba a presenciar. En Checoslovaquia, Václav Hável representa al intelectual que se levantó de la butaca para subirse al proscenio. ¿Hasta dónde llega la responsabilidad del público que asiste a la reconstrucción de su país? Iván Klíma es un buen ejemplo del papel que podría asumir un espectador comprometido.

Klíma (1931) es otro de los hijos de Praga, ferviente lector de Kafka, amigo de Hável y de Philip Roth, quien lo dio a conocer en Estados Unidos. En 1941, él y su familia fueron trasladados al gueto de Theresienstadt, ciudad utilizada por el Tercer Reich para desmentir el asesinato de judíos mediante el video El Führer regala una ciudad a los judíos, y que Sebald retoma en la novela Austerlitz. Klíma y su familia sobrevivieron al ser liberados por el Ejército Rojo. Pronto se vio que la “liberación” soviética no fue tal, que no hay soberanía para un pueblo que espera ser liberado, pues quien libera ejerce un nuevo sometimiento. La censura era moneda corriente y a los artistas se les invitaba a alinearse.

Ya se sabe que los ardides para hacer válidas ciertas normas morales varían según los jugadores y los tiempos. La cimentación de nuevos parámetros es la labor más ardua e importante en la transición de un régimen a otro. Klíma escribió una novela política titulada Juez en juicio, donde el protagonista, Adam Kindl, es un hombre tibio, sin grandes gestos heroicos, lleno de dudas e incapaz de resolver sus conflictos personales. Pero Kindl es un juez que sirve al régimen y se le pide que aplique la pena de muerte a un hombre acusado de asesinato; un crimen del que no hay suficientes pruebas. Mediante la narración de su pasado, intercalada con reflexiones en presente, el libro suscita preguntas como dónde residen las facultades morales de un individuo, bajo qué criterios un hombre es capaz de juzgar a otro cuando la ley está sustentada por un sistema que señala, según su conveniencia, qué es justo y qué no. Peor que alguien actúe fuera de la ley es una ley que sustente la injusticia.

Al romperse el pacto de Varsovia en 1989, señala Klíma en una entrevista, el país esperaba que los escritores realizaran actos políticos y resolvieran problemas pendientes. Pero ése, señala el autor de Amor y basura,  no es el papel del escritor; el papel del escritor es escribir. El intelectual cuestiona y critica, interviene en las discusiones políticas, pero no es legislador moral, sacerdote de la verdad ni conciencia de la nación. Pobre del país que necesita héroes, decía Brecht, y más cuando a los intelectuales se les pide que asuman dicho papel porque los políticos han caído en descrédito.

A pesar del cuestionamiento y la inconformidad, al final debe haber esperanza. No podría escribir un libro, dice Klíma, si no tuviera esperanza. Hoy en día, en palabras de Garton Ash, Praga, la bella durmiente de Centroeuropa, no sólo se ha despertado gracias al beso de terciopelo de un príncipe. Se ha puesto los leotardos negros y se ha ido a la discoteca.

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Escrito por

Me gusta la literatura y escribo. Me llamo Aura.

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