Jean Giono

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Escritores, Francia

Es por todos conocida la reserva de Rulfo al hablar sobre sus influencias literarias. Hoy sabemos que había leído muy bien a Hamsun, a Faulkner o a Andreiev y que, por ejemplo, el refinamiento estilístico de los franceses le aburría. Según él, todos escribían igual. Todos salvo uno, a quien él consideraba el escritor más importante y a la vez el más subestimado dentro de la literatura francesa contemporánea. Su nombre era Jean Giono.

Giono nació en Manosque, al sur de Francia, en 1895. Abandonó muy pronto la escuela y continuó sus estudios de manera autodidacta. Sus conocimientos de la vida en el campo, una aguda capacidad de observación y su imaginación desbordada, fueron herramientas que le permitieron reproducir los escenarios en los que se llevaban a cabo las historias de sus novelas, donde aún se perciben las huellas de los clásicos griegos, así como de la épica medieval y renacentista, en especial, del Orlando furioso. Sin embargo, su escritura está muy lejos de plantear únicamente el conflicto del hombre con la naturaleza, pues ésta funciona como contraste mediante el cual se percibe la mediocridad moral y la fragilidad del sistema de valores sociales.

En El húsar en el tejado (1951), una epidemia de cólera devasta el sur de Francia. La presencia de la enfermedad revierte el sentido de vida por un sentido de la muerte. Angelo, el héroe, un revolucionario perseguido por espías imperiales, se da cuenta de que la humanidad es un estorbo para alcanzar la libertad de la humanidad misma. Al parecer, los hombres necesitan siempre servir a algo o a alguien y la revolución termina convirtiendo a la libertad en tirano. Según Giono, esta incesante búsqueda de amos, la invención de dioses, de ideales y de vicios humanos a lo largo de la historia se debe a que el hombre sufre de tedio. Si invento personajes, si escribo, dice Giono, es para luchar contra la gran maldición del universo, en la que nadie nunca repara: el tedio. Para el autor de la Trilogía de Pan (1928-1930), la definición del hombre es “un ser con la capacidad de aburrirse”. En la realidad es poco lo que ocurre.

Giono se mantuvo alejado de los círculos intelectuales de su época, no siguió corrientes literarias ni se alineó con política alguna, no fue un escritor engagé. Había formado parte de la Asociación de Escritores y Artistas Revolucionarios pero la abandonó. Ante todo era un pacifista. Decía que defendería aquello que podía ver: las colinas, los árboles, a una mujer; pero se negaba a defender Francia, pues ésta no existía. No obstante su declarado antibelicismo, fue detenido en 1944 por el cargo de colaboracionista y su obra soterrada durante muchos años a pesar del reconocimiento de figuras como Malraux o Gide.

Giono murió en 1970 en la misma ciudad donde nació. Para él, lo importante era ser un alegre pesimista, pues a pesar de su aversión hacia la realidad, existía el recurso de la pluma para inventar un alivio. Quizás no exageraba Rulfo al considerar El canto del mundo (1934) como una de las mejores novelas escritas, ni Gide cuando dijo que un nuevo Virgilio acababa de nacer en la baja Provenza.

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Me gusta la literatura y escribo. Me llamo Aura.

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