Centuria, de Giorgio Manganelli

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cuentos, reseñas

Centuria, con el subtítulo de cien novelas río, aunque en inglés le pusieron otro subtítulo que me parece más encantador uoroboric novels, es un libro que disfrutarán los lectores asiduos a los libros de Calvino, Borges o Schwob, por mencional algunos, aunque no exclusivamente.

Pues así, Centuria consiste en un conjunto de cien textos de una página de extensión en los que se narra lo que fácilmente puede leerse como un día en la vida de algún personaje, un argumento para una novela por escribir, un cuadro cotidiano o, como la metaforización de las distintas corrientes artísticas y de pensamiento occidental. Centuria es una pequeña biblioteca, cuyos libros-novelas-fragmentos son sólo esa mínima y sospechosa punta del iceberg, lo cual hace que, con esa prosa tan escogida e impregnada de detalles significativos, la brevedad de cada texto, lejos de presentarse como una pequeña ficción entera, se lea además a muchos niveles entre líneas.

Los personajes que habitan Centuria están circunscritos a las leyes de su propio capítulo, hay fantasmas aburridos, caballeros, princesas, dragones, pero también hombres solitarios como cualquiera, personas que no existen pero que están a punto de hacerlo, parejas discordantes, señores melancólicos, canosos, vestidos de lino, de aspecto juvenil, lo que se le ocurra a un lector de buen talante y gusto agradable.

Es motivadora la capacidad y el genio de Manganelli para construir estos pequeños castillos narrativos hasta en sus detalles más necesarios y precisos.

Transcribo aquí un capítulo al azar:

48

A partir del momento en que se ha dado cuenta de que es imposible dejar de estar en el centro del mundo, y que esto vale tanto para él como para cualquier ser humano o animal, o incluso piedra, alga o bacteria, ha debido aceptar que sólo existen dos únicas soluciones dada la descripción del comportamiento a mantener en esa situación. O el centro del mundo es activo, en tal caso, el mundo, dotado y enriquecido de infinitos centros, será infinitamente activo; o deberá ser asediado por la letalidad del mundo; más exactamente, ser el punto de mira del mundo. Actualmente, él experimenta la segunda condición; sabe que es psicológicamente esférico, y que está en el centro de un gran número de rayos que, extrañamente, se concentran sobre él, y le atraviesan con sus puntas de luz. Advierte, en las cavidades desiertas del espacio, cómo se tensa sin manos un arco de imposible dureza, y lanza la flecha que le alcanzará con motivo de su sexagésimo aniversario. Intenta desplazarse, fluctuar, pero sabe que cualquier movimiento de su cuerpo esférico le convierte en blanco de otras constelaciones, astros ocultos por astros, nubes y animales. Sin embargo, más que cualquier estrella o niebla, le aterra la atención que hacia él dispensan continuamente la nada y el silencio. Él no sabe dónde está la nada, y sospecha que está oculta dentro de él; en tal caso, sería el blanco de una herida interna, una herida tal que su esfera no podría dominar, si bien no sepa qué significa esta conclusión; en cuanto al silencio, está dado, y eso sí que lo ha entendido perfectamente, por la suspensión de todas las voces que pudieran dirigirse a él de manera definitiva, hiriéndole, y esto es más horrible, sin ninguna arma. En cualquier punto donde exista el silencio, está oculta una voz; y esa voz le piens, le examina, le escruta. Si se alían la nada y el silencio, si se pasan información con gestos que él no consigue captar, ¿qué será de él? Oh, no teme la jabalina arrojada por el centauro el día de su nacimiento, y que ahora le alcanza; no se defiende de la cansada lanza que recorre el mundo con voluntad de herirle; lo que le preocupa es no poder ya distinguir entre sí mismo, dolor, inutilidad, muerte, y sí mismo centro del mundo.

*

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Me gusta la literatura y escribo. Me llamo Aura.

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