Ádám Bodor

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Escritores, Hungría, Rumania

Detrás de cada gran libro hay una gigantesca construcción del vacío que tan sólo es posible intuir, son los espacios entre líneas que acechan como cuchillas listas para el ataque. El escritor Ádám Bodor, que ostenta una de las prosas más brillantes de la narrativa húngara contemporánea, prolonga en sus novelas ese silencio ominoso que crece detrás del texto, mientras dota al relato de una potencia lírica cuya función es contener la nada que se desborda desde afuera y amenaza con aniquilarlo todo a su paso.

Ádám Bodor nació en 1936 en Cluj-Napoca, una ciudad rumana de población magiar ubicada en la región de Transilvania. A los diecisiete años fue detenido y encarcelado por la policía secreta rumana y más tarde por la húngara; primero por ser magiar, después por anticomunista. Pero la voz narrativa de Bodor no se resuelve en la queja, la denuncia o el discurso moral (histórico), sino que se decanta en lo más puro de la experiencia humana sometida a determinadas circunstancias, en este caso, un régimen totalitario, al que por cierto, nunca hace referencia de manera explícita. Tanto en La visita del Arzobispo (Acantilado, 1994), como en El distrito de Sinistra (Acantilado, 1992), los personajes habitan en el extremo más bajo en la escala de valores humanos, son seres que se revuelcan en su abyección, con pasado incierto, intenciones que más les vale no revelar y un futuro inexistente; y con todo, son absolutamente entrañables, tienen un aire mágico-realista.

Decía Sándor Márai que no podía ser humano un sistema que pretendía aniquilar toda noción del individuo, que reducía al hombre a un instrumento del estado, de ahí que el comunismo fuera en esencia inhumano. Con Bodor nos queda claro que, en tales condiciones, la única opción es irse animalizando, entregarse a esa maquinaria invisible que opera más allá de los límites de la conciencia. En La visita del Arzobispo, los personajes viven en un pueblo fronterizo en donde “la basura posee luz propia” y se confunde con el paisaje, mientras, como en Beckett, esperan eternamente a un arzobispo que no llega. En El distrito de Sinistra (y Sinistra significa “Desgracia”) la única manera de vivir es doblegarse nuevamente a esa voluntad que, como el Castillo, es invisible, pero gobierna y observa cada uno de nuestros actos, dejando claro que la prisión está afuera.

Todo es inquietante en la prosa de este escritor, que ejecuta limpiamente el postulado de no rebajar la literatura a la dimensión histórica y utiliza, por el contrario, las circunstancias para explorar la condición humana, de lo contrario se convertiría en una plañidera. El lector agudo notará que, a pesar de su biografía rica en horrores y del trasfondo social de sus novelas, el autor de La sección (Acantilado, 2007) no escribe sobre el totalitarismo en Hungría.

Es una obviedad decirlo de nuevo, pero Ádám Bodor rectifica la indiscutible y aterradora verdad: todos somos hijos de Kafka.

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Escrito por

Me gusta la literatura y escribo. Me llamo Aura.

One thought on “Ádám Bodor”

  1. Mi nombre dice:

    Oh sí, el comunismo “aniquila toda noción del individuo” y por eso es “inhumano”. Por suerte podemos respirar tranquilos: el comunismo es cosa del pasado. Ahora tenemos el capitalismo, que hay que ver cómo respeta nuestra individual individualidad. De hecho somos todos tan infatuadamente individuales que no hacemos otra cosa que mirarnos el ombligo. Los que tenemos suerte claro. El millón y pico de muertos en Irak no eran individuos, ni los mató el capitalismo.

    ¡Salud individuos! En la vieja Europa, cada día más tercermundista, van a tener que rebuscar las moneditas dentro de un bolsillo cada vez más vacío. Y como dijo un músico (cuyas letras nadie entiende) “…y los marines de los mandarines / custodian por vos las puertas del nuevo Cielo”.

    Linda colección de escritores centroeuropeos heridos por el bárbaro comunismo. Ahora podemos festejar su caída y el reino de la libertad. Saludos Europa! Y hasta la próxima masacre.

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