Ivo Andrić

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Premios Nobel olvidados, Serbia, Yugoslavia

Mi amiga Duška me dijo, con una sonrisa maliciosa, que Ivo Andrić (1892-1975) es uno de esos escritores con los que se les enseña a los niños a leer en la primaria. Ha de ser algo tan oficial como aquí Paz. La risa maliciosa se entiende muy bien por el contexto, a estas alturas resulta un poco ingenuo (por decir lo menos) pensar en un escritor que creía genuinamente en la unidad de todos los eslavos del sur en una patria de nombre Yugoslavia. Cuando le dieron el premio Nobel en 1961, los inconformes argumentaron que se le había otorgado porque Josip Tito lo cobijaba bajo su ala protectora de Estado unificado a la fuerza. Ahora, con más de medio siglo de diferencia, el Nobel sirve para maldita la cosa y queda la literatura. Un puente sobre el Drina es una de las grandes épicas del siglo XX, y una de las mejores novelas escritas desde el XIX. Se entiende que a los párvulos les enseñen el idioma materno con Un puente sobre el Drina, pues la prosa que despliega Andrić es de una belleza y complejidad que, fuera de la polémica por el Nobel, resulta inspiradora.

Yugoslavia hizo varias aportaciones fundamentales a la literatura universal del siglo XX, pero las más notables son la obra de Danilo Kiš y la de Ivo Andrić.

Andrić era contemporáneo de Boris Pasternak, Joseph Roth, Marcel Proust y Sándor Márai, y se mantuvo fiel al ideal de unión dentro de Yugoslavia. Su obra persiguió con vehemencia el deseo de levantar un puente que uniera esas culturas a través del tiempo. Justo eso es el puente sobre el río Drina, una metáora de unión entre pueblos, culturas y tiempos, pues el puente atraviesa siglos, y los pueblos lo atraviesan a él, la definición de un historiador era “siete religiones, seis repúblicas, cinco naciones, cuatro culturas, tres lenguas, dos alfabetos, un estado”. Hasta la fecha se puede ver ese puente convertido en leyenda en la ciudad bosnia de Vyserad.

Magris ha dicho que “Andrić ha convertido Bosnia en uno de los escenarios de los que la literatura universal ya no podrá prescindir”.

Ivo Andrić perteneció a la generación de escritores que vivió el colapso del Imperio Austrohúngaro. Al contrario de Stefan Zweig, que añoró aquel mundo de ayer hasta el último día de su vida, Andrić vio en el naciente reino la posibilidad de fundir esa multiplicidad (siete religiones, seis repúblicas, cinco naciones, cuatro culturas, tres lenguas, dos alfabetos) en un crisol de voces forjadas en el fuego de los siglos. Por eso los relatos de Andrić son un profundo corte en los estratos de la memoria colectiva.

La mirada de Andrić no es tan ingenua como parece; él mismo escribió en “Una carta de 1920” (Café Titanic y otras historias, Acantilado, 2008) que Bosnia era una tierra de odio, un odio ciego que no tiene ningún fin más que el odio en sí mismo, aquella banalidad del mal sobre la que hablaba Hannah Arendt. “Café Titanic” es una cruda vivisección de dicho mecanismo, en este caso, contra los judíos. Andrić emprendió con plena conciencia la espinosa tarea de reconciliar pueblos heridos por la dominación extranjera o de los propios hermanos. “El escritor y su obra no sirven para nada si no sirven —de alguna u otra manera— al hombre y a la humanidad. Eso es lo esencial”, escribió Andrić al recibir el Nobel, dejando bien claro que el puente es lo contrario del muro.

 Inicio de la novela aquí

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Me gusta la literatura y escribo. Me llamo Aura.

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